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"84 Horas de Nürburgring: Misión Argentina"

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claudioelcolo
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En el circuito de Nürburgring, el Viernes 22 de agosto de 1969.
Quedaban, en carrera, 34 autos, sobre 79 anotados inicialmente.


¡CONTROLEN EN TIEMPO DE LUIS...!
por ORESTE BERTA



Llevamos 48 horas en carrera. Dos días enteros. Sin embargo no tengo la sensación de que hubiera pasado tanto tiempo. O tan poco. Quizá se pierda algo, en este tipo de carreras, la noción de medida del esfuerzo. Es posible que al trastocarse todos los horarios, el mismo hecho de vivir —prácticamente— dentro del box y dentro de la carrera, origine esta sensación. No estoy cansado. Sin embargo debiera estarlo; pero quizá lo esté y no me dé cuenta y sea el clima de todo esto lo que nos permite seguir así, como si recién hubiéramos comenzado.
Lo que me molesta es la garganta y la fiebre. Menos mal que tenemos médico cerca. De todas las cosas... ¡pescarme una angina! También... ¡nos mojamos más que si hubiéramos ido a hacer sky acuático a Villa Carlos Paz! Ni me quiero acordar de lo que fue el diluvio del miércoles al medio día... Si nosotros, desde boxes, no veíamos nada... ¡me imagino lo que sería desde adentro de los autos y en carrera! Con Fangio nos intercambiábamos miradas... No hacían falta palabras ¡Hasta se inundó el box, y tuvimos que andar rescatando las cosas que navegaban y sacar luego el agua con los medios que disponíamos! Fue Jorge, sí, Jorge Cupeiro el que hizo una disparada hasta Adenau y volvió cargado de botas de goma y medias gruesas y demás. No quiero ni pensar en la mala suerte de Jorge.. Sin embargo, recuerdo que Juan dijo... “Tengo miedo que esta agua tan fuerte nos saque los autos afuera”. Pero no me parece que sería muy justo quejarse. Queda...
—Carlos... fijate... ¿cuántos autos quedan en carrera?
—Treinta y siete —me comentó Lobbosco. Estamos por arriba de la proporción... Claro.. a nosotros nos quedan dos autos, de tres que comenzaron.
Y hemos pasado, ya, más de la mitad de la carrera.
¡Las de cosas que han pasado! Desde el año pasado, cuando vinimos de observadores... Recuerdo que allí enfrente, sentados en esa tribuna, estaba con nosotros.. también... Edgardo Boschi... ¡Sí!... si habremos conversado sobre el proyecto y las posibilidades, también con él, aquí, y con Lobbosco y con Fangio, y después, en Buenos Aires, con la gente de Ika-Renault... Y más o menos todo, después de esos días que anduvimos con problemas, pareciera haberse enderezado.
La adaptación, los primeros días, fue difícil... la serie de accidentes... inclusive el mío... ¡nos tuvo a mal traer! Un momento crucial fue la decisión de arreglar el auto con el que “se fue afuera” Rodríguez Canedo o presentar el equipo incompleto. Todos dimos nuestro punto de vista y, cuando se arribo a la conclusión de “equipo completo”, creo que no faltó ni un pedacito de voluntad para que, no solamente se hiciera así, sino que se hiciera agotando los mejores recursos disponibles. Y ese es el resultado... ¡allí pasa Di Palma en el Nº 1!
Los autos están algo distintos de cuando llegamos, pero estoy seguro que para bien. Tienen unos kilos de menos, el rodado más ancho los ayuda y los motores... bueno... ¡girando a este régimen no pueden tener problemas! Hicieron un buen trabajo con “la Banana...”
—¿Qué tiempo hizo Luis, don Pablo?
—¡Catorce... diez y ocho! —Informó Macagno. OK. Que siga así.. ¡va al pelo! Me quedé observando cómo escribían, con grandes caracteres en tiza blanca, sobre la pizarra de marcación el último tiempo de Di Palma. Hay que mantener a los pilotos informados, guiarlos. En este tipo de competencias el piloto no puede tener mucha idea de lo que debe hacer. Sólo sabe lo que está haciendo... Hay pilotos que son un verdadero reloj y, en un circuito largo como éste, sólo tienen diferencias de muy pocos segundos entre vuelta y vuelta. Sin embargo, aunque estén andando en el ritmo, es mejor guiarlos, continuamente, marcándoles los tiempos... Nadie está exento de seguir, instintivamente, el ritmo de otro auto, poco a poco, y abandonar así su propio plan de carrera. Y en estas carreras tiene que haber un plan. Y método. Para correr, para los abastecimientos, para los relevos, para dormir... Eso... ¡hasta que te rompen el método...! Resulta que... creo que fue la segunda noche... yo me había instalado dentro de una pequeña carpa que habíamos armado dentro del box. Una de esas carpas pequeñas, como de alpinista, donde cabe sólo una persona. Me había quedado semi-dormido o estaba semi-despierto; no sé cuál de las dos cosas. Lo cierto fue que en un momento dado oigo gritar... “!Fuego!”. Creo que tardé menos tiempo en estar fuera de la carpa y con el matafuegos en la mano que lo que me lleva el contarlo... Salté la pared interior del box y con el matafuegos funcionando me acerqué al auto incendiado que estaba comenzando a arder, justo, justo al lado de nuestro box. Por suerte que se apagó pronto y nada de lo nuestro corrió peligro... pero... ¿volver a dormir...?
Además he descubierto que, por lo general, la gente tiene mucha mayor resistencia de lo que supone. Una vez que se inició la carrera, el equipo de mecánicos —que hasta ese momento había trabajado como un solo grupo, manteniendo muy elásticos, pero similares horarios— se dividió en dos, para alternarse en la posición de atención mecánica que pudieran necesitar los autos. Sin embargo los horarios continuaron siendo elásticos, aunque, ahora, disímiles... Es como para estar orgulloso de todo el grupo. Y lo estoy.
El que está andando, me parece, cada vez más fuerte, es el Ford Capri... Va a ser mejor controlarlo.
—Berta... El Ford Capri está girando en 13’10’’...
Hay que seguirlo, a ver qué hace. Esta muy lejos de nuestros autos, pero más vale tenerle el ojo encima.
Lo que no me gustó mucho fue la parada de Luisito por ese corte de luces... Pero siguió sin problemas. El auto anda bastante bien y los pilotos ya están bien acostumbrados.
Con los Porsche afuera de carrera... los B.M.W. que quedaron demasiado atrás... la contra está en el quipo Lancia, en los Mazda y, ahora... ¡el Ford Capri! hay que seguirlo de cerca. Yo no sé... me parece... si no nos pasa nada...
—Controlen en tiempo de Luis...
—Ya tendría que haber pasado. Van... ¡catorce... treinta y cinco!
Me gustó. Catorce treinta y cinco. ¡Quince minutos! De allí en más, cada minuto tuvo la intensidad del valor de sus sesenta segundos. Fueron nueve... Nueve minutos de espera infructuosa. Al cumplirse 24’ del último paso de Luis, supimos, entonces, que nos quedaba un solo auto en carrera. Y a lo infructuoso de la espera, se sumó la angustia de la incertidumbre.

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raul427

raul427

Muy bueno Enrique !!! Casi casi que uno parece estar ahi leyendo estos relatos...

claudioelcolo

claudioelcolo
Miembro Premiun
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Muyt bueno Enri,yo ni sabia todo esto,se me pone la piel de gallina solo de pensar haber estado ahi omo argentino y con un TORINO!!

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Retome esta hermosa historia que copie de otro foro

En el circuito de Nürburgring, en la madrugada del 22 de Agosto.

¿POR QUE NO IBA A LLORAR?
por LUIS DI PALMA

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¡Sí...! Llegué llorando a los boxes y... ¡qué hay? ¿Qué tiene? ¿Quién puede saber, sino el que lo pasó, lo que significa perder un auto así, a esa altura de la carrera? No fue lo mismo que otras veces. No fue igual a nada que yo haya experimentado antes.

Todos saben que yo, alguna vez, me he ido afuera. Creo que jamás podré olvidar lo que fue mi primer vuelco... la sensación de haber perdido el control... los tumbos del auto... sentir esa extraña fuerza que parecía quererme arrancar del asiento... los ruidos del metal que se dobla... de los vidrios que se astillan y luego... el silencio. El silencio repentino, que parece total, como si el mundo se hubiera detenido en ese mismo instante. Sí, ese es un recuerdo que a ninguno de nosotros le gusta tener como compañero de almohada.

Pero esto... ¡esto fue distinto! Peor. Mil veces peor. Y no por el golpe, que no llegó nunca, ni por los destrozaos, que no existieron. Para comprenderme hay que conocer toda una historia y recién entonces sabrán porqué un hombre puede llorar, aunque no le haya pasado nada.

Traten de ponerse en situación. Piensen en todo lo que se había conseguido ya, en cuántas personas habían comprometido muchas cosas (y cosas muy importantes) para que existiera la Misión Argentina. Para que un grupo de pilotos estuviéramos girando, haciendo entrenamiento, en el circuito de Nürburgring.

Piensen, ahora, en los primeros resultados. En el largo y cansador trabajo de los mecánicos, que deben pasarse horas y horas al lado de los autos, corrigiendo una cosa, mejorando la otra o remendando lo que los pilotos rompimos...

¡Yo lo sé bien, porque lo he hecho! Piensen que un accidente hizo que se descartara un auto, que quedó tirado en un rincón, como inservible. Y que otro “fuera de pista”, de peores consecuencias que el primero, redujo el equipo a sólo dos Torinos.

Entonces sucedió lo que creo que sólo los argentinos somos capaces de hacer: Fangio, Berta y Lobbosco cambiaron ideas, conversaron con Macagno y con Zurita, y decidieron que aquel auto, el que había quedado tirado en un rincón, como inservible, correría las 84 Horas de Nürburgring... ¡De los dos, hicieron uno...! Lo llamamos... “la Banana”.

A todo esto, sabíamos que una de las cosas contra la que más deberíamos pelear era contra el peso de los autos. Mayor peso significa mayor desgaste de frenos y neumáticos. Entonces yo pensé en la posibilidad de encontrarle un ritmo al circuito, utilizar los frenos lo menos posible, y poca caja para cuidar el embrague, y también lograr que el motor no trabajara muy “arriba” en vueltas. Lo busqué, practiqué, me equivoqué algunas veces, acerté otras, hasta que di en la tecla. Traté, en esa forma, de encontrar “el tiempo” como para girar en carrera y cuando supuse que lo había logrado, pedí que me controlaran. Andaba bien. Conversé el tema con los otros muchachos, y llegué a la conclusión de que todos habían pensado más o menos lo mismo. Les conté como lo hacía yo, cómo me había salido, cómo usaba el freno solamente dos veces a lo largo de una vuelta y la segunda velocidad sólo una vez... ¿Se dan cuenta que lo que nosotros queríamos era cuidar los autos...?

Ahora piensen, un poquito, en lo que significó, para el grupo de mecánicos, el fabricar “la banana”. Si nosotros casi no lo podíamos creer... ¡la cara de los alemanes era impagable!

Así fue que largamos la carrera, después de todos estos inconvenientes, con tres autos. La verdad es que “la Banana” era poco menos que “la sensación”. Para Galbato, para Cacho Fangio y para mí, que integramos el equipo, antes que Galbato ... (¡qué tipo sensacional!...) cediera su puesto a Gastón, “la Banana” también era una sensación... ¡pero distinta!

Resulta que el auto había quedado bastante derecho, pero... algo tenía que lo hacía más raro que cualquier otro que yo haya manejado en mi vida. En la recta era difícil de llevar... ¡pero doblaba fenómeno! Luego que Berta hizo unas correcciones finales, quedamos bastante contentos. Además... podíamos correr, y eso... ¿les parece poco? Pero sigan pensando en todo lo que significó el poder poner ese auto en la pista.

Largó Carmelo. Todo anduvo bien. Cuando lo reemplacé... ¡qué se yo...! me equivoqué... me trabuqué con el asunto de pasar justo a las cuatro de la madrugada por el control, y resulta que quedé como a siete minutos. Sin variar mucho el ritmo comencé a pasar autos y autos y autos, y fuimos arrimando en la clasificación. Al día siguiente, sobre el medio día, cuando llovían sapos y culebras... ¡se fue afuera Cupeiro! Allí quedo el auto, intacto, sin un rasguño. Sólo quedaban dos autos. Y uno de ellos, “la Banana”.

Jorge cree que sabe disimular, pero... ¡la bronca le quemaba por dentro...! Sin embargo, yo quisiera decirles que cualquiera de nosotros pudo haberse ido afuera durante esa tormenta. Tan es así, que vimos un montón de autos que quedaron sembrando el circuito. Y sin contar los que no pudimos ver porque se habían ido abajo!

En fin... ¡que nos quedamos con dos autos! Se integró entonces Gastón Perkins al equipo de “la Banana” y seguimos tirando y tirando, sin pasarnos de rosca, porque Fangio y Berta nos guiaban continuamente, hasta que llegamos a escoltar al Torino Nº 3. Pero esto, que se cuenta así de fácil, no fue sencillo de hacer.

Por eso les pedía a ustedes que piensen en cada esfuerzo, en cada sacrificio, en lo que significó el llegar con dos autos a las posiciones que ocupábamos en ese momento de la carrera. Y en todo lo que hubo que poner, de valores humanos, para que “la Banana” pudiera largar la carrera.

Y entonces, cuando todo estaba casi hecho, cuando nos pareció que tocábamos el cielo con las manos... entonces... ¡entonces me toca a mí el problema de las luces!

De golpe me quedé ciego. Lo peleé. Traté de adivinar la curva. Doblé, pero me había pasado del radio. Hice todo lo que pude, pero me fui afuera. Y no pude regresar al circuito.

Y entonces... ¡Sí! Llegué llorando a los boxes... ¿Entienden ahora porqué un hombre puede llorar, aunque no le haya pasado nada?

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CAPÍTULO XVI


Nürburgring, en horas de la mañana del viernes 22 de Agosto.

LA VERDAD... ¡A MÍ ME DIO UNA BRONCA BÁRBARA!
por IVONNE GIBSON DE PERKINS


Resulta que yo estaba chocha por cómo iban las cosas. No es que sea una fanática pero... seguro que, si no se corta la luz, gana “la Banana”... ¡hubiera sido bárbaro!

Para entonces los argentinos brotaban de toda Europa y caían a Alemania y los mozos del restaurante nos conocían y nos reservaban la mejor mesa... Era fenómeno, ver a los argentinos unidos, “hinchando” por una misma cosa, los autos que andaban como la gran flauta y, aunque una no supiera el idioma ya pescaba la onda de lo que la gente decía.

Después, esa admiración... Era como Fangio volviendo... pero, en vez de Fangio, sus autos. ¡Pobre Luisito! ¡Ay! A mi me dio una bronca bárbara. Da rabia, sobre todo que se haya quedado por una cosa tan estúpida. Yo aprovechaba para dormir cuando dormía Gastón, pero justo ese día, se me hizo un poquito tarde. Entonces fue pensando ... “!Huy...! ¡Gastón ya debe estar corriendo!” Pero, cuando llegué a los boxes me dijeron: “Luisito tuvo tal problema...”

¡Qué se yo! Es la impotencia lo que más mortifica, porque si hubiera sido un problema-problema, un palier o el diferencial o algo así... pero... ¡por cortarse las luces...! ¡Por un cablecito estúpido...! Además, si hubiera sido de día no pasaba nada, pero, en fin... Así son las carreras.

Yo nunca tengo miedo cuando corre Gastón, porque le tengo una fe bárbara. En esta carrera menos todavía, porque no era una carrera de “a fondo”, de esas que todo el mundo va “al mango”. Aunque algunas veces Gastón se tentó. Recuerdo que cuando el Ford Capri los alcanzaba, Gastón hizo una vuelta en algo así como 12 minutos y pico... y en seguida Fangio puso banderas y carteles por todos lados, para que aflojara. ¡Qué bárbaro Fangio...! Se quedó levantado... ¡pero muchísimo! Estaba en todo. Además, cada vez que paraba uno de los corredores, le daba una palmada, un aliciente... “Bueno, hermanito, estuviste muy bien...” ¡y qué sé yo!

¡Qué bárbaro Fangio! Las diez mujeres más monas del mundo no llaman tanto la atención como él. Es increíble... ¡Y cómo trabajó y se preocupó! ¡sabíamos tanto del reglamento como el que más, y tenía a todos supercontrolados... Tanto, que uno de los directivos (uno alto, grandote, rubio, muy serio) dijo que de todos los equipos éramos el más correcto, en todo. Y eso que hay equipos con mucha experiencia. Y los italianos que son muy divertidos y, además, unos japoneses, pero... ¿quién va a entender japonés? Están de lo más recluidos en sí mismos. A mí, los que más me llaman la atención y charlamos y dicen “chau” y qué sé yo, son los italianos.

Pero... ¡que rabia! por un cablecito estúpido nos quedamos con un solo auto. Y Gastón de a pie, por segunda vez... Pero esto va a salir bien, y yo... no sé... pero me encantaría intentarlo otra vez el año que viene... Aunque Gastón dice que los demás también se vana a preparar mejor y que va a ser tan difícil como ahora. La verdad es que, con todas las piñas que hubo, que no se le haya pasado nada a nadie ya es bastante suerte...

¡Pobre...! Yo aquí, lamentándome por Gastón, y esa monada de chico que es el “Nene” García Veiga ni siquiera tuvo la posibilidad de subirse a un autos. Está bien que Gastón haya tenido mala suerte por partida doble, pero corrió en dos autos y... no es que yo sea una fanática de mi marido pero... seguro que, si no se corta la luz, gana “la banana”. Hubiera sido bárbaro...

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CAPÍTULO XVII


Desde la habitación del Hotel, en Adenau. Viernes 22 de agosto, a las 7 hs.

¿DE SUPLENTE?... DE PINCHE, DE LAVAPIEZAS, DE CUALQUIER COSA....
por NÉSTOR GARCÍA VEIGA

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La verdad es que yo soy bastante madrugador, pero... ¡cómo cuesta despegarse de las sábanas cuando, durante días, uno sólo ha dormido unas pocas horas...! Ya son las 7.00 horas. Me caigo de sueño y me muero de ganas de ir al circuito. En mí, como en todos, gana el circuito.
¡Qué circuito! Es bárbaro, no te permite ni un error, pero ahí adentro te divertís como un loco... ¡lo que sería correr SP en Nürburgring...! Una carrera no muy larga. Unas 15 vueltas, pero así, a cara de perro... Te pasás Néstor... Apenas si sos suplente y ya estás pensando en Sport Prototipos... ¡pero sería bárbaro!
Mejor me miro al espejo y me pellizco. Si soy Néstor García Veiga, me dicen “el Nene” y estoy en Nürburgring. Cuando Fangio llamó por teléfono a mi casa y me preguntó si quería integrar el equipo... no sé... creo que fue la emoción más grande que he recibido en mi vida. ¿De suplente? Yo hubiera venido de pinche, de lavapiezas, de cualquier cosa. Y traté de colaborar de una forma u otra en el equipo. No he sabido bien en qué porque yo... de mecánica, no entiendo mucho, pero de cualquier manera... colaborar, en cualquier cosa, en lavar los vidrios de los autos, en limpiar los faros. Aunque sea, no poniéndome en el camino de nadie, no molestando.
¡Cómo me gusta esto! Si me preguntaran qué es lo que más me gusta diría que... ¡todo! Aún el no correr. No por mí. Y estoy muy contento de no haber tenido que correr; eso, por mis compañeros. Pero pienso que por ahí con suerte, se me da el año que viene o el otro... qué sé yo... pienso que alguna vez podrá ser. El doctor De Las Heras —algunos le dicen “El Tordo”, porque le tienen más confianza, yo lo llamo por el nombre, Lino—, me preparó como si fuera a correr. Dice que soy suplente y que tengo que estar listo para cualquier cosa. Pero estoy mucho más contento así, con que no haya sucedido nada. Pero este circuito es una bomba... Al comienzo me costó bastante conocerlo; era difícil de andar el primer día. Hubo algunos que lo aprendieron más rápido, pero a mí me costó bastante. Lo fenómeno es cuando agarrás un ritmo y le dás y le dás... Es un circuito bárbaro. Aprendí cualquier cantidad. Anduve de día, de noche, con lluvia, con niebla. Aprendí un montón. Y eso lo voy a poner en práctica cuando se corran, en Buenos Aires, las 25 Horas. De todo saqué experiencia. Y de todos. ¡Qué plato don Gastón! Para decirme que tenía que andar rápido, me marcaba “palo y palo”, pero como había que cuidar el auto, agregaba 4-2/4-4. Yo no sé si los alemanes entendían eso, pero a mí me hacía reír el cartel de “palo y palo 4-2/4-4. Como si me dijeran: “andá a fondo, pero no lo pasés de 4.400 r.p.m.”
Lo que sí entendieron los extranjeros es que trajimos un auto en serio y un equipo igual de serio que el auto. Al comienzo no nos pasaban bolilla. Que el auto era muy grande... muy pesado.. ¡qué se yo! que Fulano corría tal marca... que Mengano tal otra.. que el campeón del año pasado... Lo que yo sé es que a esta altura deben haber incorporado una palabra nueva al idioma alemán, porque en todos lados escucho “Torino” de aquí, “Torino” de allá. Antes era “que en la niebla íbamos a tener que parar” que a los argentinos en cuantito llueva “no los vamos a ver más”... pero hubo niebla y llovió como si fuera la única cosa que les quedaba por hacer en el cielo. La verdad es que se les puso muy feo a los tres autos... ¡Andaban haciendo piruetas bajo un diluvio que era como para el Arca! Pero todo pasó y eso no lo esperaba nadie. Es sensacional. Y estoy aquí y aunque no le ponga el físico a ningún auto (que no lo quisiera) estoy aquí, soy parte de todo esto y, para mí, es lo más grande que me ha ocurrido en mi vida. No me puedo perder nada. Ni un momento. ¡Me voy al circuito

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CAPÍTULO XVIII


Nürburgring, al amanecer del día Viernes 22 de agosto de 1969.

...Y LA ANGUSTIA FUE MI COMPAÑERA
por JOSÉ T. ONETO.A


Los primeros reflejos del alba comienzan a iluminar este viernes, cuando decido tomarme un descanso. Desde el martes hasta este momento (las 5.30 de la mañana), mi contacto con la almohada apenas si alcanzó a 5 horas en total. Camino del hotel, voy haciendo un “racconto” de todo lo vivido. Sin desvestirme siquiera me tiro boca arriba en la cama, las manos entrelazadas en la nuca y apretando los párpados como para apurar el sueño que no llega, pese al cansancio. Pero los nervios pueden más que la fatiga. La visión retrospectiva anduvo desandando el tiempo hasta el instante en que Di Palma apareció en los boxes confirmando la noticia de su “no va más”. Ahora lo que tiene vigencia es esa imagen del coche Nº 3 punteando la competencia.
Tengo necesidad de dormir. Comprendo que si pierdo este par de horitas de descanso ya no tendré reposo hasta entrada la noche del sábado. Sin embargo, cuando no es el rumor de los autos pasando, que el viento empuja hasta mí, es un teclear del telex que no me abandona; que como un fantasma penetra en mis oídos, recorre sus laberintos y regresa. Creo enloquecer. Necesito dormir. Es el arrastre de 19 días digitando sobre un teclado, que se ha incorporado a todo mi ser y se agita en repiqueteo infernal.
De cuando en cuando el martilleo penetrante, cede. Es para dejar paso a otro rumor que, aunque apagado, se filtra por la ventana sin persianas de mi habitación. Se trata del rumor alegre, sonoro, vibrante, del escape del Torino. Cada 14 minutos, aproximadamente, se repite la música argentina. Y ya no pienso más en dormir. Ni siquiera entorno los párpados. Sólo espero el momento en que el Torino encara la “chicana”.
Y no aguanto más. El reloj me dice que son las 8 y monedas. Me pongo de pie y en instantes más estoy en marcha hacia el circuito. Pero me detengo brevemente en el puente de la “chicana” a esperar el paso del coche Nº 3. El suspenso se prolonga. Y vuelvo atrás el tiempo en la memoria. Y pienso en Fangio, en su larga vigilia con los pies sobre un bidón porque el box está inundado. Veo a don Pablo Macagno con el cronómetro y la planilla, arrancándole rezongos trasnochados al mate que ceba Cordero, o Sanz o Giacone, mientras los demás mecánicos se turnan enarbolando las pizarras y Berta remedia el reposo del guerrero dentro de la carpa, con un problema de angina rebelde...
Vuelven a desfilar como en una galería de cuadros, todos los rostros familiares de tantos días vividos como ermitaños. En Nürburgring. La pena de Di Palma, el gesto de amargura de Perkins por su doble “quedarse de a pie”; el dolor interior de Cupeiro, la nobleza de Galbato en su renunciamiento, la solidaridad de Cacho Fangio y García Veiga; el toque de humor de Rodríguez Canedo para matar el tedio, la seriedad mayor de Franco, la inquietud de “Larry” por relevar al compañero; las gestiones sin tregua de Teleki, los cigarrillos devorados por Lobbosco, los termos con cacao preparados por Lino de Las Heras, los asados de Casarín (y su valija fantasma), los emparedados que consiguió Donati, a pecio de oro y las noches en vela de Ruata, Astiz, Verna y “Bieletta”. Y pienso en mis colegas viviendo a pleno todas las emociones, pero también sufriendo el agua, el frío y las vigilias.
Y pienso en la tierra lejana; en todos aquellos que creyeron en la patriada y que ahora quizás estén pegados a los receptores escuchando en las voces radiales de habituales jornadas locales, el mensaje de este sensacional primer puesto que aún mantiene el auto argentino. Y siguen en caravana los recuerdos, desde el día en que dejamos atrás Ezeiza rumbo a eso que algunos tildaron de aventura imposible y que hoy ha trocado en “misión posible”. Y pasa el tiempo y el Torino no aparece. Van 13 minutos... ¡Ahí está...! El bramido lo delata. Los cambios se suceden y la trompa agresiva del auto argentino emerge de la curva; y al pisar sobre la recta del puente, revienta un trueno que resquebraja los cristales del aire. Ya pasó; se pierde en el fondo de la recta . Pero una rumorosidad, acaso desusada, deja un poco en suspenso la repentina alegría que experimenté ante esa presencia que permitía seguir alentando esperanzas. Algo no anda bien, me digo en reflexión inmediata. Y una nube oscura, la de la duda, se suma a la tropilla de bajas nubes amenazantes que el viento arrea rumbo a cualquier parte.
Y estoy otra vez en el circuito. Son las diez y cuarto. No hace falta preguntar nada. La pizarra indica al coche Nº 3 que debe ingresar a boxes, y observo preparativos e inquietud en la gente argentina. Por ahí, siempre procurando no ser inoportuno, me atrevo a averiguar algo más. Efectivamente, aquella rumorosidad era anormal. El escape estaba suelto. Pasan unos minutos y aparece el Torino (Copello al volante). Manos ágiles y diestras manejan un alambre como remedio de emergencia para salir del paso. La tarea lleva 2m45s. Lo suficiente para que el auto sea castigado con tres vueltas de descuento y de esa manera deje de ser el puntero de la competencia, bandera que mantuvo en alto a través de 57 horas. A partir de ese momento es el Ford Capri, Nº 7, el auto que marcha a la vanguardia. Duele. Nos habíamos acostumbrado mal. Llegamos a olvidarnos de que, humildemente, vinimos a competir; a entregar una imagen argentina. Y ahora nos molesta abandonar la delantera; nos produce desaliento. Pero más en frío, reflexiono y se me ocurre que éste es “un triunfo que no necesita bandera a cuadros...”. Y en esa inteligencia me dispongo a seguir la tarea.
Ha transcurrido una hora. “Larry, que relevó a Copello, recibe indicaciones para que cambie pastillas de freno y rodado, parte trasera izquierda. Son ya las 11.45 y “Larry” ingresa al parque de reparaciones, donde el piloto puede realizar tareas sin penalización alguna. Y “Larry” comienza la suya. Procede con mucha cautela. Desprecia la rapidez en beneficio de la seguridad. Pero nadie nos quita la angustia, porque el reloj es terminante con su marcha inexorable, y la aguja va estrechando el margen de tiempo para poder dar la vuelta en los 24 minutos que exige la reglamentación de la carrera. Ya “Larry” concluyó con el cambio de pastilla y rodado. Mientras se ajusta el cinturón de seguridad, consulta. “¿Cuánto me queda...?” La respuesta es, “!Catorce minutos!”. Apenas si se escucha decir... “!catorce...!”. No necesita saber más y pisa con fuerza y nervio. Va a jugarse una carta muy difícil. Con partida detenida es casi imposible bajar de 14 minutos. El lo sabe, nosotros también, y lo acompañamos. En esa carta nos jugamos todos.
....Estamos viviendo el momento de mayor angustia. Solamente un milagro puede mantenernos en carrera. Diez minutos y diez segundos insumió la detención. Vuelvo la mirada al cronómetro: 12 minutos han quedado atrás... Pero allí se escucha al Torino, ¡está entrando en la “chicana”! Se acerca, ya está frente al control y tembloroso nuestro pulgar hunde con rabia la perilla. Las agujas se clavan en 13m08s. Y mientras pienso en que existen los milagros, la muchachada argentina, brazos en alto y aplaudiendo, señala a “Larry” que entró en tiempo. La mano del piloto haciendo la clásica seña de “O.K.”, una sonrisa y un guiño, lleva tranquilidad a todos. Todavía estamos temblando. Clavar 13m08s con partida detenida es realmente un milagro. ¡Increíble”.
Está cerca el mediodía. Hace un rato “Larry” intentó repetir su proeza cambiando pastillas y rodado del lado derecho. Pero las pastillas estaban muy duras y los minutos pasaban volando. Calculando que no iba a poder realizar la tarea y dar la vuelta en término, “Larry” dejó todo como estaba y reanudó la marcha. Eso no era el mayor problema. El verdadero está en el escape. Como esta mañana. Acaso más acentuado, pese al recurso del alambre. Y el nervio, la angustia, el cansancio y el sueño, siguen marchando del brazo con el café y el cigarrillo. Son mis trasnochados compañeros. Y con ellos hago un paréntesis en el bar del circuito. A través de sus ventanales sigo la carrera, mientras recopilo apuntes.
Y la rumorosidad del Torino crece... allá afuera, sobre la pista...

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CAPÍTULO XIX
Nürburgring, en la zona de boxes, transcurridas 60 horas de carrera. Eran
las 13.00 hs. del viernes 22 de agosto.

LA HORA MÁS DIFÍCIL
por CARLOS LOBBOSCO



Faltaban 24 horas para terminar la carrera. Nos quedaba un solo auto y ya teníamos la seguridad de tener que parar. La primera sensación es de que a uno se le viene el mundo abajo. La tragedia de un único auto que tenga que parara en boxes para reparar una pavada mecánica perdiendo muchos minutos que son otras tantas vueltas menos... te rodea una impresión desoladora. Después una piensa, medita, y volviendo hacia atrás analiza lo hecho antes de la carrera y hasta el momento. Entonces uno se da cuenta que esa pavada, que se pensó tan importante, no deja de ser una pavada en el contexto general de la cosa.
Vuelve el ánimo, el optimismo y la fe. Y el recuerdo. Todo lo que pasó desde hace un año, desde el momento que Ika-Renault decide mandar a Fangio y a Berta a ver esta carrera y se me incluye a mí en esa misión de observar. Estuvimos, vimos y nació una profunda fe en nuestros autos, pilotos y mecánicos. Un paréntesis, por razones empresarias, se tradujo en la imposibilidad de concurrir como equipo oficial de la Fábrica. Pero había que buscar una forma. Había que dar salida a esa fe y la forma surgió... charlamos largo con Fangio... en su concesionaria de Constitución. Llegamos a un resultado: que el nombre de él podría llegar a unir a una gran cantidad de gente y como una empresa privada, como una misión privada pero con sentido nacional, podríamos hacer exactamente lo mismo. Con igual eficiencia, con igual repercusión para nuestro país. Nuestro objetivo fue, por sobre el problema de parcas: llevar un cachito de tierra argentina a Europa. Fangio y Bordeu, lamentablemente para mí, tuvieron que viajar al extranjero. Quedé solo, con Berta. Pero antes de partir, Fangio tuvo una entrevista con el señor Lavaud y obtuvo los tres autos y los repuestos que hicieran falta. Este fue el punto de partida. Por dos meses, con Fangio y Bordeu en Europa, se podría suponer que recayó sobre mis hombros la responsabilidad del proyecto. Pero no fue así. Tuve el aporte incondicional de mi gran amigo Oreste Berta y algo que era como un cheque en blanco: en nombre de Fangio, porque me había dado libertad absoluta para usarlo y actuar en su representación; me aboqué de lleno al problema de reunir recursos. No hizo falta ver más de diez u once personas. Todas me dieron su aprobación y apoyo. Y no era Fangio el que estaba actuando, pero sí su nombre. Mientras tanto, en Ika-Renault, ingeniería de productos trabajó activamente en el problema de los autos, el ingeniero Leeper y su equipo, con contacto permanente y colaboración de Berta, llevaron a cabo un trabajo de excepción. Mientras tanto el trabajo proseguía en forma de concretar apoyos, recursos financieros, contactos en los que hace a viajes, neumáticos, hoteles, intérpretes y las mil cosas que conforman un operativo de esta naturaleza. Con Fangio de regreso en el país, anudamos todo lo que hubiera podido quedar suelto. El operativo Misión Argentina estaba en marcha. Luego tuvimos una reunión para elegir los pilotos y bien se puede decir que la lista surgió por unanimidad. No sufrimos ese difícil problema... Es que una elección realizada por Fangio no da lugar a dudas. Se puede equivocar, es humano, pero creo que Fangio es tan importante en nuestro automovilismo que hasta tiene el derecho a equivocarse. Así nos embarcamos en esto, que fue todo brillante, y ahora, faltando 24 horas para finalizar, casi se me viene el mundo abajo, en un primer instante. Pero uno piensa, medita y renacen el optimismo y la fe. Después de esas primeras 60 horas, después de ver lo que habían hecho ese grupo de muchachos argentinos, pilotos y mecánicos, de una increíble capacidad humana y profesional, quiero afirmar que podrían sucederse mil problemas de escape, podría explotar el auto en la vuelta siguiente, que a mi juicio estaba todo hecho.
Y el Ford Capri se nos venía encima. Con Berta pensamos en hacer apurar nuestro auto. Tenía resto. Podía girar algo así como 30’’ menos por vuelta, sin riesgo. Pero, aceptando la total autoridad de Fangio en este tema, lo consultamos. “No, hermano, nos dijo, si quiere agarrar la punta... ¡dejalo! Faltan 24 horas para que termine la carrera”. Y yo lo miré, vi en él 5 campeonatos del mundo, vi en él muchísimas carreras que ganara “de atrás” y me dije... “palabra santa”. Nos miramos con Berta y el Torino siguió girando en 14’ la vuelta. El Capri tomó la punta, pero sospecho que la extraordinaria intuición automovilística de Fangio había determinado la dificultad para que ese auto, que hacía 24 horas que venía girando en 13’ y aún menos, prosiguiera intacto a ese ritmo. ¡Y se quedó el Capri! Pero nació la tragedia de nuestro escape. No importa, hemos superado otras. Hemos perdido dos autos y sin embargo, ganado la más difícil batalla. La humana. Cuando se quedaron esos dos autos (y esto cubre, tapa y aún valora todo lo demás) hubo una unión tan grande para consolar al caído que después de ver eso el resto se empequeñece. Llegó Cupeiro a los boxes y fueron mil palabras de aliento. Las primeras, las de los mismos compañeros del auto que se habían quedado a pie. Luisito llegó llorando, con un ataque de nervios y sobraron brazos y palabras para consolarlo. Había un grupo humano que superó al golpe material. Y eso pasó en la Misión Argentina y eso fue maravilloso. ¿Qué hubo algún roce, alguna palabra fuerte? Sí... yo tuve mis violentas discusiones con Eduardo Copello, con Gastón Perkins, con Oreste Berta y hasta con el mismísimo Fangio... Pero si alguien me dice que 30 hombres, conviviendo juntos, en una selva, por más de un mes, no han tenido ni un sí, ni un no, entonces yo les digo que allí no hubo 30 hombres, sino 30 muertos.
Pero... ¿cuánto duraba el enojo...? ¿Cuarenta y cinco segundos, o treinta? Creo que... sólo el tiempo que tardábamos en darnos cuenta de que habíamos alzado la voz. El grupo humano se debe valorar en los momentos difíciles, y allí superamos cualquier cosa. Y ahora enfrentaremos otro. Hay que parar... ¿cuánto tiempo? Los manuales de servicio dan una cifra para cambiar el caño de escape. Pero necesitamos otra. Otra que reduzca los minutos, que los contraiga en base a nervio, garra, habilidad. Todos vamos a estar allí. En las manos de Giacone y de Diez, como si fuéramos la proyección física de un aliento y una esperanza.

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Este tema, que es realmente muy interesante, me quedó colgado, de ahora en mas todas las semanas lo voy a continuar:  

CAPÍTULO XX

Nürburgring, viernes 22 de Agosto, 17.00 hs.

LO DEL ESCAPE FUE ASÍ...
por GELMINO GIACONE


—Mirá “Gringo”... hay un problema de escape. Va a ser necesario cambiarlo.
Con estas palabras me abarajó Oreste Berta cuando llegué a cumplir mi turno a los boxes. Venía yo de descansar 8 horas, porque hacíamos 8 de trabajo y 8 de descanso y, claro... no tenía mucha idea sobre lo que había pasado. Pero la sorpresa me despertó más rápido que la lluvia, que era bastante tupida. Sobre el pucho, le pregunté a Comari qué había sucedido.
—Resulta que hará como una hora paró este muchacho Copello. Traía puestos los guantes de amianto, todos sucios. Venía con atraso y nos tenía preocupados. En cuanto estuvo a tiro nos dijo que se le había caído el caño de escape, y que tuvo que parar para colocarlo y tirarse abajo del auto. Berta le ordenó que siguiera girando, mientras que con Zurita, preparábamos una chapa como de unos 30 cm. De largo, que enrollada tuviera el perímetro del caño de escape. Pensamos que con esa chapa, bien atada con alambre, podríamos sujetarlo en su lugar. Pero resultó que el caño estaba bastante deformado por los golpes y no enfrentaba bien. Siguió haciendo bastante ruido, aunque creo que el problema que hacen “los de la deportiva” no es tanto por el ruido. Dice que tiene miedo que se caiga, y nos dieron tiempo hasta las seis de la tarde para arreglarlo.
Berta nos llamó. No había tiempo para más conversación.
—Ché... “Gringo”... ¿qué pensás vos?
Antes que pudiera decir nada, Berta había esbozado su solución. Poco pude yo agregar, salvo algunos detalles, ya que lo previsto era lo mejor que se podía hacer: acortar el escape, y utilizar sólo el primer tramo, anulando el segundo, de forma tal que el silenciador quedara colocado al finalizar el primer tramo.
Sucede que con las vueltas que pegan los caños por arriba del tren trasero, y sin fosa... ¡ni Mandrake hubiera puesto en escape completo en el tiempo que disponíamos!
Preparamos todo. El turno lo compartíamos Pablo Macagno, Andreu, Cordero, Sáenz y yo. Con éste último, un gran compañero y muy buen hombre, fuimos hasta donde estaba el Torino blanco, el que había sido de ensayo, y lo usamos otra vez como “muletto” para ver cómo presentaban los caños... Queríamos algo así como coordinarlos... digamos... desde la salida del múltiple, hasta el enchufe del segundo tramo. Mientras tanto seguía lloviendo, como si en el cielo todo un barrio jugara al carnaval... Cuando volvimos al box, con nuestra parte del trabajo lista, combiné con Pepe Diez —a quien Oreste Berta había llamado para colaborar en el cambio— la forma en que lo haríamos. Berta nos escuchó y nos hizo algunas sugerencias pero, creo yo, lo hizo más para que nos contagiáramos de su tranquilidad que por cualquier otra cosa.
¡A él no se le movía un pelo...! A nosotros... a mí, al menos... ¡no me hubiera bajado ni un trago de agua!
Dispusimos las herramientas. Pude ver cómo, en las cercanías de nuestro box y arriba, en una especie de terraza que domina la pista, la gente se juntaba. Había mucha expectativa sobre lo que íbamos a hacer y cómo lo haríamos. Lo noté hasta en la forma como la gente hablaba. Yo no entendía ni una palabra de lo que decían, pero sabía que hablaban de nosotros.
Oreste Berta dio la orden. El pizarrón asomó su mensaje más allá del muro de contención y Eduardo Copello hizo señas de haberlo comprendido. Nos quedaban apenas quince minutos antes que el auto Nº 3 se detuviera en boxes, en la zona penalizada.
Entonces comenzaría a perder una vuelta por cada minuto que Pepe Diez y yo tardáramos en cambiar el escape.
Por décima vez repasé las pocas herramientas necesarias. Luego, mentalmente, hice lo mismo con el trabajo. Pepe tal cosa, yo tal otra. El gato yo, el capot él, los tubos, las llaves, las juntas. Vos tenés y yo aflojo. ¡Que ningún otro toque nada o nos penalizan!
—¡Que ningún otro toque nada o nos penalizan —repetí en voz alta—. Rodríguez Canedo y García Veiga estaban mudos. Don Pablo Macagno, inmóvil. El grito lo pegó Cordero...
—Ahí viene... ¡ya entra!
Recuerdo que metí el gato y levanté el auto lo más alto que pude. Luego me tiré abajo. Medio tuve que hacerme a un costado, porque el agua que Pepe Diez tiraba para enfriar el escape caía hirviendo... pero... ¡qué se yo! eso casi no se siente con los nervios y, en ese momento, lo único que uno piensa es largar rápido el auto. Así que comencé a aflojar los bulones, mientras Pepe me tenía las tuercas y aguantaba los golpes del capot que, con el viento, le cayó tres o cuatro veces en la cabeza. Hicimos lo más rápido que pudimos. Al salir el último bulón, el caño de escape me cayó en la cara y me quemó un poco. Pero el tiempo corría, aunque no nos diéramos mucha cuenta. Berta, cuando recién habíamos puesto tres de los cuatro bulones, dio la orden de largar. Franco estaba listo. Apenas las ruedas habían tocado el suelo, el motor estuvo en marcha. Miré alrededor y pregunté:
—¿Cuánto perdimos?
—Nueve minutos y ocho segundos —me contestó el señor Merlo—. Recién entonces me di cuenta que, argentinos y extranjeros, nos estaban aplaudiendo.

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CAPÍTULO XXI

Nürburgring, cuando caía la tarde del Viernes 22 de Agosto de 1969.


¿QUIÉN DIJO MIEDO?
por MIGUEL ANGEL MERLO

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La tarde golpeaba la rabia de un aguacero interminable. Era el tercer día en que la zona de Adenau, Alemania Occidental, recibía el castigo de una lluvia que, al decir de la gente, no se registraba igual en treinta años. Viernes a la tarde, viernes 22 de agosto de 1969. Por una resolución policial se había notificado a las autoridades de la prueba que el honorable vecindario de Adenau, de acuerdo con los edictos que vedan los ruidos molestos, no estaba dispuesto a tolerar una noche más, mortificada por los caños de escape de los automóviles que se movían dentro del anillo de Nürburgring, al lado de la montaña del Eifel. A la hora tope de las 18, varios automóviles debían afrontar una operación heroica. El Lancia sobreviviente del equipo oficial italiano, un Mazda con motor rotativo Wankel elaborado en Japón, algún B.M.W. que por allí estaba en desacuerdo con sus hermanos de marca y trepidaba por los tubos de salida de gases, y finalmente, el automóvil argentino. El automóvil grande, número 3, blanco, con una sola escarapela azul y blanca y una inscripción que decía su limpia intención: INDUSTRIA ARGENTINA. Entonces, y a plena lluvia, se produce la detención inicial de los castigados. El Lancia fue el primero en abordar la operación de cambio del caño de escape. Los automóviles del equipo oficial italiano, así como los del argentino, eran tripulados por tres hombres que se relevaban de acuerdo con sus necesidades y conveniencias. Uno de los tripulantes del Lancia era el inglés Tony Fall, 29 años, casado, dos hijos, muy accesible y altamente simpático. Un hombre que me llamó la atención porque al preguntarle si pensaba visitar Buenos Aires, sacó papel y lápiz, dibujó con una perfección increíble el mapa de América del Sud y sobre él estableció las distintas escalas que le iban a permitir pasar en vuelo por la Argentina, pero lamentablemente, dijo, y no por cortesía, “no podré detenerme en esta oportunidad”. Este mismo Tony Fall hizo después pareja con el sueco Günnar Palm y con él acaba de imponerse en la carrera de cordillera más importante que tiene el Perú, batiendo todos los récords en el llamado “Camino del Inca”. La operación sobre los Lancia consistió en hacer cuatro detenciones consecutivas, considerando que cada una de las vueltas debía realizarse, luego, en no más de quince minutos. Ello le permitiría al piloto mantenerse detenido por espacio de hasta ocho minutos para efectuar las reposiciones necesarias. En las cuatro detenciones, Tony Fall hizo lo siguiente: cambió la tubería de escape, que estaba en infracción por exceso de ruido, sustituyó las pastillas de freno e hizo el recambio total del rodado. Vale decir que cumplió, en una zona no penalizada, mucho más de lo que harían los argentinos, pero en la vereda de enfrente. El genial inglés Tony Fall, fogoneado en Montecarlo, en el Rally de los mil Lagos, en Los Tulipanes, en la Copa de los Alpes, demostró qué tipo de profesional es que se necesita para esta clase de pruebas. Ya he dicho que el piloto acrobático, el virtuoso del manejo, por esa sola condición no basta para cuando se trata de realizar pruebas de resistencia, y este señor nos da perfectamente la razón. A su vez, la operación argentina se realizó “a la criolla” en la zona penalizada, frente al box y con el máximo de desconfianza. Prefiero no agrandar la realidad y no ser el fabricante de los mitos, porque los mitos se devora luego a la verdad. Y cuando la verdad muere ya no es posible reconstruir lo auténtico. El operativo ordenado por Oreste Berta lo jugó a costillas de todos sus efectivos: no hubo alarde de riqueza, ni un despliegue de confianza. Como el reglamento permitía la utilización de dos mecánicos por coche, Oreste Berta dispuso que fueran José Diez y Gelmino Giacone, los dos asistentes que realizaron la operación. A Pepe Diez se le encomendó el trabajo de arriba. Giacone, más menudo, se arrastró como una lagartija dejándose arañar la cara por el piso. Era todo aquello verdaderamente dramático. Llovía torrencialmente, pero la operación fue realizada con claridad y limpieza. En el cambio de los caños de escape, desde su origen hasta su terminación, se emplearon nueve minutos y ocho segundos. Fue así que el coche quedó penalizado en diez vueltas perdidas sobre las que efectivamente llevaba corridas. Lo gracioso aquí es el reglamento: yo diría que está entre gracioso y absurdo, aunque con todo respeto recordemos que el reglamento era igual para todos los concursantes. Que le haya tocado al Torino Nº 3 es harina de otro costal. Si dejo perfectamente aclarado que el equipo argentino no hizo alarde de lujo, y, por el contrario, abordó la obligación de cambiar los caños de escape con abnegación, entiendo que ese cumplimiento se hizo siguiendo normas muy claras y estudiadas. En ningún momento se advirtió desorden, y sí la desconfianza natural que causa el no sentirse muy cómodo para realizar una operación bastante inesperada. Pasada la tarde me tonifiqué pensando que pierde el que se desalienta. Borré de mi repertorio la palabra fracaso. Por eso, aquel viernes 22 de agosto a las 21, cumplida mi cuota de 4.000 palabras diarias, por Telex, para el diario “La Razón”, me sentí guerrero. Sobre todo cuando entré en el salón de las sillas rojas, que era en el que después de la media noche se permitiría comer algún bocado en el Sport Hotel Tribüne, en el Nürburgring. Allí fue donde encontré un puñado de argentinos, cabizbajos. Recuerdo las caras de Miguel Angel Barrau, Oscar Gañete Blasco, Adolfo Donati, el núcleo periodístico inseparable de Parga con Oneto; un poco más lejos Adolfo Imas y Eduardo Forte, y, en ese momento con absoluta sinceridad supuse, creí, que no estábamos derrotados. Y no lo estaríamos en cuando no quisiéramos caer vencidos. Porque ya había demostrado que el auto argentino que era capaz de soportar un esfuerzo como el de las 84 horas, que consiste en rodar ininterrumpidamente tres días y medio. Y al mismo tiempo, no solamente me aferré a la idea de que no íbamos aprender, que íbamos a estar en el lote de los que llegaban, que era igual a triunfar, sino que me dije más: “si hubiéramos contado con un automóvil más en la pista, nosotros no perdíamos las 84 horas de Nürburgring”. Digo otro automóvil acompañando al Nº 3 porque no se me escapa de la vista la forma un tanto ridícula en que los otros dos coches se han quedado. Uno por exceso de agua debajo de las ruedas y el otro por escasez de electricidad que le permitiera iluminarse en la noche. Por eso dije que de ninguna manera nosotros podíamos perder. Y no hemos perdido, al cumplir un papel honorable, sobre todo muy bien fundamentado sobre un grupo humano que demostró tener lo más grande que se puede pedir: Lealtad.

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CAPÍTULO XII

Buenos Aires, desde el centro de comunicaciones de Ika-Renault. En Alemania Occidental son las 23 hs. Hora local, 18 hs del día Jueves 21 de agosto.


MI VIDA PENDÍA DE... ¡UN TELEX!
por HUGO ZICARI
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—Señor Zicari... ¡a la oficina de telex! ¿Me escuchó señor Zicari...? Estamos en contacto con el señor Teleki...

Creo que apreté, simultáneamente, todos los botones del intercomunicador. En una decena de oficinas de Ika-Renault, donde mi trabajo es el de Jefe de Prensa y Difusión, deben haberse enterado que...

—¡Bajo corriendo!

Cuando salí al corredor, Arce por un lado y Alsogaray por el otro, se me unieron. Parece que ellos también tenían su canal secreto con la oficina de telex. Creo que, además, una especie de onda cuyo fluído era emocional, y cuya longitud y amplitud las constituían el sentido de la misión y lo genuino del entusiasmo, unían a todos los niveles de la empresa.

Al comienzo, claro... ¡nos mirábamos un poco como si estuviéramos desubicados! ¿O quizá algo dislocados?

No sé... pero, ahora, cuando pienso en las corridas, en los nervios, en esos días previos en que nuestro ánimo recorría crestas y valles, eufóricos y desconcertados, entusiasmados y perplejos, no puedo menos que justificar algunas sonrisitas “cachadoras”...

No era para menos

Un telex y otro telex

Que fulano se había ido afuera.

Telex

Que el auto roto ya estaba listo.

Telex.

Que mandáramos capot de plástico.

Telex.

Que la nafta de Alemania se “deglutía” las tapas de los tanques.

Telex.

¡Nada...!

¡Que mi vida pendía de un telex!

Y en el telex.. ¡Juan Carlos Demaría! Un hombre que aprendí a valorar en la correcta dimensión de su cotidiano esfuerzo durante estos días. No conoció horarios, ni límites. Recibió las órdenes más imposibles... “!Búsquelo al señor Teleki en Alemania!” Y al ratito, el acompasado golpetear de las teclas nos traía...

ATENTO BAIRES SEÑOR TELEKI EN LÍNEA

ATENTO BAIRES...

MOM PLS ZICARI AQUÍ EN UN MINUTO

MOM PLS

Y al rato volábamos —más que corríamos— a Ezeiza, con los bolsillos llenos de trompetas para los carburadores, de nuevo diseño, o repiqueteaban los teléfonos pidiendo a uno una cosa, a otro, otra, y a todos la preocupación, el esfuerzo nunca negado, para el mejor éxito de la Misión Argentina.

¡Pobre Graciela! Graciela Carballo es mi secretaria. Ha hecho milagros en estos días para conservar el ritmo de trabajo normal de la empresa, mientras nosotros no nos apartamos de la radio y grabamos y escuchamos nuevamente cada transmisión y corremos del telex para aquí y de aquí para el telex.

Toda la empresa es un nervio sensible. Creo que si alguien se decidiera a requisar todas las radios a transistores que se contrabandean en estos días en bolsillos y carteras, podrá fundar el “Emporio del transistor usado”. Y en todos los niveles, sucede algo similar. Cuando paso por otras oficinas, las máquinas de escribir enmudecen y el interés se aleja del trabajo específico de cada uno para volcarse con auténtico entusiasmo, en la Misión Argentina.

¡Si hasta el señor Lavaud, nuestro presidente, hace un poco la vista gorda...! Es que su propio entusiasmo marca un nivel.

La otra noche debió concurrir a una comida en el Plaza Hotel. Lo acompañé. Como me resistía a quedarme sin información aunque fuera por dos o tres horas, llevé conmigo una pequeña radio. Y en la mesa con la complicidad y la anuencia de quienes me rodeaban, no perdimos detalle de lo que acontecía en Nürburgring. De vez en cuando, el señor Lavaud, que estaba en la cabecera, non una expresión muy particular de su rostro, inquiría sobre las novedades. “Todo bien, seguimos primeros” era la muda respuesta que le enviaba, nada más que con la cara de alegría que no he podido, ni quiero, borrar del rostro.

Ha sucedido de todo. Hasta lo insólito. ¿Les cuento? Resulta que Mario Pallero, uno de los eficaces colaboradores de Carlos Lobbosco, nos vino con la historia —comprobada como cierta— de que actos de risueña brujería tenían lugar en algún rincón del edificio de la calle Sarmiento.

Decidí comprobarlo en persona. Aquí digo el pecado, aunque no el pecador, porque la verdad es que me debí sumar a las risas cuando verifiqué que en un tablero, donde se habían colocado las fotografías de los enemigos más temibles del Torino, se practicaban los ritos de la más bullanguera e informal brujería. Que a tal auto le clavaban un alfiler en el radiador. Y a aquel otro en el diferencial. Y al de más allá en el motor. Pero... ahora dudo... ¿me creerán si les digo la verdad? ¡Al Ford Capri le perforaron el radiador con la consabida agujita...! ¡Y fue la pérdida de agua por el radiador la que motivó el recalentamiento, que derivó, horas más tarde, en una junta de tapa de cilindros quemada...! “Claro... ¡yo en estas cosas no creo, pero que los fantasmas existen... ¡existen!” nos decía Fulano “Semáforo” de Tal, porque al improvisado brujo de marras, el apelativo de “Semáforo” creo que ya no se lo saca nadie...

AQUÍ ZICARI FAVOR TELEKI EN LÍNEA...

MOM... PLS... MOM... PLS…

MENSAJE PARA SEÑOR LAVAUD DE PARTE FANGIO. TODO NORMAL PROSEGUIMOS PLAN ESTABLECIDO. ALTÍSIMA MORAL EQUIPO. SALUDOS INTEGRANTES MISIÓN ARGENTINA. RECIBIDO BIEN....

CORRECTO. PROSIGAMOS MENSAJES DE ACUERDO A SISTEMA PREVISTO. FINALIZADOS PASAREMOS NOSOTROS LISTAS DE MENSAJES IDÉNTICO ORDEN. FELICITACIONES PERSONALES MÍAS...

GRACIAS Y DAMOS COMIENZO. DE ORESTE BERTA FAVOR LLAMAR TELEFÓNICAMENTE...

BI... BI... BI...

PRÓXIMO CONTACTO DE ACUERDO HORARIO ESTABLECIDO. MANTENEMOS DEDOS CRUZADOS. SUERTE. BI... BI... BI....

Descarté el ascensor. Con el rollo de telex en la mano, subí corriendo las escaleras. Al entrar a mi oficina y ver la expectativa en todos los rostros, autobauticé el sector...

—Atento todos... Aquí el “centro de comunicaciones IKA-RENAULT”, para difusión inmediata...

Me reí. Nos reímos todos. Y comenzaron a funcionar los teléfonos furiosamente.

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Hay que tratar de ser el mejor, pero nunca sentirse el mejor... Juan Manuel Fangio


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CAPÍTULO XXIII

En mi domicilio, durante la noche del Viernes al Sábado 23 de Agosto.


¡QUÉ EXTRAORDINARIOS PILOTOS SON LOS ARGENTINOS!
por JAMES McCLOUD

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—No hay ninguna duda, muchachos, que el Torino es un gran auto... ¡Y qué pilotos extraordinarios son los argentinos! Miren: yo creo que el TC ha tenido mucho que ver para lograr esta categoría de pilotos, capaces de andar en el Nürburgring igual o mejor que los especialistas europeos...
Me rodean mis hijos, en el living room de nuestro hogar, que entre la radio permanentemente encendida, las planillas de clasificación y los cálculos de pronósticos, se había convertido en algo así como una lejana pero nerviosa central de operaciones.
—Jimmy.. —le dije al más pequeño, que sólo tiene siete años— creo que es hora de ir a la cama.
Protestó más que siempre y esta vez cedí en un detalle. Le permití que se acostara en mi dormitorio, desde donde podía escuchar mejor la transmisión, en lugar de hacerlo en el suyo, más alejado.
Kimbell, Marcos y Kelly, mis otros tres hijos, estaban dispuestos a seguir en pie, a no perder ni una sola de las alternativas de la última noche de carrera. Aprovechando las vacaciones, ya que cursan sus estudios en los Estados Unidos —Kimbell en la Universidad de Stanford, y Marcos y Kelly en un instituto preparatorio para la Universidad— habían venido a Buenos Aires. Los tres son muy entusiastas de las carreras de automóviles, pero Kimbell, que tiene un Torino en los Estados Unidos, estaba aún más excitado.
Nos preparamos para una larga vigilia. La verdad es que esta no sería la primera vea que una hazaña del Torino me tuviera en pie toda la noche. Y uno de los protagonistas de aquella primera demostración de virtudes estaba, ahora, en Nürburgring. Lo acababa de escuchar en sus impresiones de la carrera y recordé, de inmediato, aquella otra hazaña: la del “Chasqui Argentino”, cuando Miguel Angel Barrau y Arturo Castro Almeyra unieron Río Gallegos con San Salvador de Jujuy sin etapas, en menos de 36 horas, con ruta abierta. También esa vez me pasé en pié toda la noche... ¿Cómo no iba a hacerlo ahora, cuando el Torino estaba demostrando, frente a las mejores marcas del mundo, su clase internacional?
Recuerdo que cuando Fangio me vino a hablar y conversamos largo sobre la idea de la Misión Argentina yo pensé, en ese momento que Juan Manuel era como un moderno Don Quijote, que estaba buscando molinos de viento contra los que pelear. Pero a medida que se fue avanzando con la idea, en la que Fangio me invitó a participar, y analizamos las características del auto, los tiempos comparativos que conocíamos de otras marcas en ese circuito, y teniendo en cuenta que eran 84 horas de carrera, y la rigidez y la fuerza de los Torinos, entonces pensamos que teníamos una buena posibilidad en la Marathon de la Route.
—¡JIMMY...! Get back to bed... Desde la cama puedes escuchar perfectamente la radio… Oye, Kelly.. ¿a qué tiempo estamos del Mazda, del Nº 29...?
—A tres vueltas. Algo así como 42 minutos...
—Si el Torino mantiene este ritmo, lo vamos a alcanzar...
Podría haber asegurado que el motor no tendría ningún problema. No sabía bien hasta donde había llegado el trabajo que el ingeniero Leeper realizara en la fábrica, pero sí que la prueba de rutina de esos motores se hace a 5.500 rpm, durante 100 horas. Y ahora están girando en la mayor parte del circuito, según dijo Eduardo, entre 4.400 y 4.600 rpm.
—¿Quiénes conducen ese auto? —preguntó Marcos.
—Copello, Larry y Cacho Franco —le respondí—.
—¡Qué lástima los otros!
—¡Hey, Dad...! ¿What do you think que hubiera pasado si el auto de Eduardo no se le rompe el escape y los autos Nº 1 y 2 no se van de pista?
—Bueno... —respondí a Kimbell— yo creo que... mirá, creo que... ¡hubiéramos terminado uno, dos y tres! Creo que sí. Sin importar el tiempo feo y la lluvia, que perjudica a los autos de mayor peso, como el Torino.
Avanzó la hora. Era ya algo así como la medianoche nos anunció que el Torino Nº 3 entraba en la misma vuelta que el Mazda. De allí en adelante ya estuve seguro de que lo superaríamos y que, al monos finalizaríamos cuartos.
Marcos y Kelly comenzaron a hacer números y cálculos para ver si sería posible, ganar, también el tercer puesto.
—¡Si se deciden a buscarlo es posible!— nos informó Marcos. Yo pensé que la responsabilidad era muy grande para Fangio y para Berta, teniendo un solo auto en carrera. Pensé también qué hubiera hecho yo en esa eventualidad. ¿Hubiera ordenado “tirar” al Torino, ir a buscar al Triumph, o quizá...?
Y otra vez Jimmy, parado en la puerta, con sus ojos cargados de sueño y en pijama...
¡Qué chico éste! Además, es hincha del TC... Así se fue, en mi hogar, la última noche en que se disputaba la Marathon de la Route 1969. En familia, pegados a la radio, atendiendo cada novedad, calculando, seguros en nuestra esperanza.
Digo sólo una verdad al afirmar que muchas cosas pasaron por mi mente esa noche. Desde la primera carrera de TC, en San Pedro, en que nació el nombre del Torino a la fama, hasta los comentarios del hijo de Feisal, el rey de Arabia Saudita, cuando probó, en los Estados Unidos, el Torino de Kimbell. Así pasó la noche, y cuando la mañana fue la nueva compañera de nuestra vigilia, y contamos cada segundo de la última vuelta que Cacho Franco y el Torino Nº 3 realizaron al circuito de Nürburgring, supimos, entonces, que —lo necesitara o no— el Torino ya tenía nivel internacional.
La campanilla del teléfono cubrió, en parte la emocionada voz de los relatores. Acabábamos de finalizar la carrera. Creo que fue Kimbell quien me alargó el tubo...
—For you, Dad...
—!Hello…!
—!Aló...! ¿Mister McCloud...?
—Si.. ¿quién es? Ohh.. Gracias... Muy amable Monsieur Lavaud... Igualmente.

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CAPÍTULO XIV


En el circuito de Nürburgring, el Viernes 22 de agosto de 1969.
Quedaban, en carrera, 34 autos, sobre 79 anotados inicialmente.


¡CONTROLEN EN TIEMPO DE LUIS...!
por ORESTE BERTA
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Llevamos 48 horas en carrera. Dos días enteros. Sin embargo no tengo la sensación de que hubiera pasado tanto tiempo. O tan poco. Quizá se pierda algo, en este tipo de carreras, la noción de medida del esfuerzo. Es posible que al trastocarse todos los horarios, el mismo hecho de vivir —prácticamente— dentro del box y dentro de la carrera, origine esta sensación. No estoy cansado. Sin embargo debiera estarlo; pero quizá lo esté y no me dé cuenta y sea el clima de todo esto lo que nos permite seguir así, como si recién hubiéramos comenzado.
Lo que me molesta es la garganta y la fiebre. Menos mal que tenemos médico cerca. De todas las cosas... ¡pescarme una angina! También... ¡nos mojamos más que si hubiéramos ido a hacer sky acuático a Villa Carlos Paz! Ni me quiero acordar de lo que fue el diluvio del miércoles al medio día... Si nosotros, desde boxes, no veíamos nada... ¡me imagino lo que sería desde adentro de los autos y en carrera! Con Fangio nos intercambiábamos miradas... No hacían falta palabras ¡Hasta se inundó el box, y tuvimos que andar rescatando las cosas que navegaban y sacar luego el agua con los medios que disponíamos! Fue Jorge, sí, Jorge Cupeiro el que hizo una disparada hasta Adenau y volvió cargado de botas de goma y medias gruesas y demás. No quiero ni pensar en la mala suerte de Jorge.. Sin embargo, recuerdo que Juan dijo... “Tengo miedo que esta agua tan fuerte nos saque los autos afuera”. Pero no me parece que sería muy justo quejarse. Queda...
—Carlos... fijate... ¿cuántos autos quedan en carrera?
—Treinta y siete —me comentó Lobbosco. Estamos por arriba de la proporción... Claro.. a nosotros nos quedan dos autos, de tres que comenzaron.
Y hemos pasado, ya, más de la mitad de la carrera.
¡Las de cosas que han pasado! Desde el año pasado, cuando vinimos de observadores... Recuerdo que allí enfrente, sentados en esa tribuna, estaba con nosotros.. también... Edgardo Boschi... ¡Sí!... si habremos conversado sobre el proyecto y las posibilidades, también con él, aquí, y con Lobbosco y con Fangio, y después, en Buenos Aires, con la gente de Ika-Renault... Y más o menos todo, después de esos días que anduvimos con problemas, pareciera haberse enderezado.
La adaptación, los primeros días, fue difícil... la serie de accidentes... inclusive el mío... ¡nos tuvo a mal traer! Un momento crucial fue la decisión de arreglar el auto con el que “se fue afuera” Rodríguez Canedo o presentar el equipo incompleto. Todos dimos nuestro punto de vista y, cuando se arribo a la conclusión de “equipo completo”, creo que no faltó ni un pedacito de voluntad para que, no solamente se hiciera así, sino que se hiciera agotando los mejores recursos disponibles. Y ese es el resultado... ¡allí pasa Di Palma en el Nº 1!
Los autos están algo distintos de cuando llegamos, pero estoy seguro que para bien. Tienen unos kilos de menos, el rodado más ancho los ayuda y los motores... bueno... ¡girando a este régimen no pueden tener problemas! Hicieron un buen trabajo con “la Banana...”
—¿Qué tiempo hizo Luis, don Pablo?
—¡Catorce... diez y ocho! —Informó Macagno. OK. Que siga así.. ¡va al pelo! Me quedé observando cómo escribían, con grandes caracteres en tiza blanca, sobre la pizarra de marcación el último tiempo de Di Palma. Hay que mantener a los pilotos informados, guiarlos. En este tipo de competencias el piloto no puede tener mucha idea de lo que debe hacer. Sólo sabe lo que está haciendo... Hay pilotos que son un verdadero reloj y, en un circuito largo como éste, sólo tienen diferencias de muy pocos segundos entre vuelta y vuelta. Sin embargo, aunque estén andando en el ritmo, es mejor guiarlos, continuamente, marcándoles los tiempos... Nadie está exento de seguir, instintivamente, el ritmo de otro auto, poco a poco, y abandonar así su propio plan de carrera. Y en estas carreras tiene que haber un plan. Y método. Para correr, para los abastecimientos, para los relevos, para dormir... Eso... ¡hasta que te rompen el método...! Resulta que... creo que fue la segunda noche... yo me había instalado dentro de una pequeña carpa que habíamos armado dentro del box. Una de esas carpas pequeñas, como de alpinista, donde cabe sólo una persona. Me había quedado semi-dormido o estaba semi-despierto; no sé cuál de las dos cosas. Lo cierto fue que en un momento dado oigo gritar... “!Fuego!”. Creo que tardé menos tiempo en estar fuera de la carpa y con el matafuegos en la mano que lo que me lleva el contarlo... Salté la pared interior del box y con el matafuegos funcionando me acerqué al auto incendiado que estaba comenzando a arder, justo, justo al lado de nuestro box. Por suerte que se apagó pronto y nada de lo nuestro corrió peligro... pero... ¿volver a dormir...?
Además he descubierto que, por lo general, la gente tiene mucha mayor resistencia de lo que supone. Una vez que se inició la carrera, el equipo de mecánicos —que hasta ese momento había trabajado como un solo grupo, manteniendo muy elásticos, pero similares horarios— se dividió en dos, para alternarse en la posición de atención mecánica que pudieran necesitar los autos. Sin embargo los horarios continuaron siendo elásticos, aunque, ahora, disímiles... Es como para estar orgulloso de todo el grupo. Y lo estoy.
El que está andando, me parece, cada vez más fuerte, es el Ford Capri... Va a ser mejor controlarlo.
—Berta... El Ford Capri está girando en 13’10’’...
Hay que seguirlo, a ver qué hace. Esta muy lejos de nuestros autos, pero más vale tenerle el ojo encima.
Lo que no me gustó mucho fue la parada de Luisito por ese corte de luces... Pero siguió sin problemas. El auto anda bastante bien y los pilotos ya están bien acostumbrados.
Con los Porsche afuera de carrera... los B.M.W. que quedaron demasiado atrás... la contra está en el quipo Lancia, en los Mazda y, ahora... ¡el Ford Capri! hay que seguirlo de cerca. Yo no sé... me parece... si no nos pasa nada...
—Controlen en tiempo de Luis...
—Ya tendría que haber pasado. Van... ¡catorce... treinta y cinco!
Me gustó. Catorce treinta y cinco. ¡Quince minutos! De allí en más, cada minuto tuvo la intensidad del valor de sus sesenta segundos. Fueron nueve... Nueve minutos de espera infructuosa. Al cumplirse 24’ del último paso de Luis, supimos, entonces, que nos quedaba un solo auto en carrera. Y a lo infructuoso de la espera, se sumó la angustia de la incertidumbre.

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CAPÍTULO XV


En el circuito de Nürburgring, en la madrugada del 22 de Agosto.

¿POR QUE NO IBA A LLORAR?
por LUIS DI PALMA




¡Sí...! Llegué llorando a los boxes y... ¡qué hay? ¿Qué tiene? ¿Quién puede saber, sino el que lo pasó, lo que significa perder un auto así, a esa altura de la carrera? No fue lo mismo que otras veces. No fue igual a nada que yo haya experimentado antes.

Todos saben que yo, alguna vez, me he ido afuera. Creo que jamás podré olvidar lo que fue mi primer vuelco... la sensación de haber perdido el control... los tumbos del auto... sentir esa extraña fuerza que parecía quererme arrancar del asiento... los ruidos del metal que se dobla... de los vidrios que se astillan y luego... el silencio. El silencio repentino, que parece total, como si el mundo se hubiera detenido en ese mismo instante. Sí, ese es un recuerdo que a ninguno de nosotros le gusta tener como compañero de almohada.

Pero esto... ¡esto fue distinto! Peor. Mil veces peor. Y no por el golpe, que no llegó nunca, ni por los destrozaos, que no existieron. Para comprenderme hay que conocer toda una historia y recién entonces sabrán porqué un hombre puede llorar, aunque no le haya pasado nada.

Traten de ponerse en situación. Piensen en todo lo que se había conseguido ya, en cuántas personas habían comprometido muchas cosas (y cosas muy importantes) para que existiera la Misión Argentina. Para que un grupo de pilotos estuviéramos girando, haciendo entrenamiento, en el circuito de Nürburgring.

Piensen, ahora, en los primeros resultados. En el largo y cansador trabajo de los mecánicos, que deben pasarse horas y horas al lado de los autos, corrigiendo una cosa, mejorando la otra o remendando lo que los pilotos rompimos...

¡Yo lo sé bien, porque lo he hecho! Piensen que un accidente hizo que se descartara un auto, que quedó tirado en un rincón, como inservible. Y que otro “fuera de pista”, de peores consecuencias que el primero, redujo el equipo a sólo dos Torinos.

Entonces sucedió lo que creo que sólo los argentinos somos capaces de hacer: Fangio, Berta y Lobbosco cambiaron ideas, conversaron con Macagno y con Zurita, y decidieron que aquel auto, el que había quedado tirado en un rincón, como inservible, correría las 84 Horas de Nürburgring... ¡De los dos, hicieron uno...! Lo llamamos... “la Banana”.

A todo esto, sabíamos que una de las cosas contra la que más deberíamos pelear era contra el peso de los autos. Mayor peso significa mayor desgaste de frenos y neumáticos. Entonces yo pensé en la posibilidad de encontrarle un ritmo al circuito, utilizar los frenos lo menos posible, y poca caja para cuidar el embrague, y también lograr que el motor no trabajara muy “arriba” en vueltas. Lo busqué, practiqué, me equivoqué algunas veces, acerté otras, hasta que di en la tecla. Traté, en esa forma, de encontrar “el tiempo” como para girar en carrera y cuando supuse que lo había logrado, pedí que me controlaran. Andaba bien. Conversé el tema con los otros muchachos, y llegué a la conclusión de que todos habían pensado más o menos lo mismo. Les conté como lo hacía yo, cómo me había salido, cómo usaba el freno solamente dos veces a lo largo de una vuelta y la segunda velocidad sólo una vez... ¿Se dan cuenta que lo que nosotros queríamos era cuidar los autos...?

Ahora piensen, un poquito, en lo que significó, para el grupo de mecánicos, el fabricar “la banana”. Si nosotros casi no lo podíamos creer... ¡la cara de los alemanes era impagable!

Así fue que largamos la carrera, después de todos estos inconvenientes, con tres autos. La verdad es que “la Banana” era poco menos que “la sensación”. Para Galbato, para Cacho Fangio y para mí, que integramos el equipo, antes que Galbato ... (¡qué tipo sensacional!...) cediera su puesto a Gastón, “la Banana” también era una sensación... ¡pero distinta!

Resulta que el auto había quedado bastante derecho, pero... algo tenía que lo hacía más raro que cualquier otro que yo haya manejado en mi vida. En la recta era difícil de llevar... ¡pero doblaba fenómeno! Luego que Berta hizo unas correcciones finales, quedamos bastante contentos. Además... podíamos correr, y eso... ¿les parece poco? Pero sigan pensando en todo lo que significó el poder poner ese auto en la pista.

Largó Carmelo. Todo anduvo bien. Cuando lo reemplacé... ¡qué se yo...! me equivoqué... me trabuqué con el asunto de pasar justo a las cuatro de la madrugada por el control, y resulta que quedé como a siete minutos. Sin variar mucho el ritmo comencé a pasar autos y autos y autos, y fuimos arrimando en la clasificación. Al día siguiente, sobre el medio día, cuando llovían sapos y culebras... ¡se fue afuera Cupeiro! Allí quedo el auto, intacto, sin un rasguño. Sólo quedaban dos autos. Y uno de ellos, “la Banana”.

Jorge cree que sabe disimular, pero... ¡la bronca le quemaba por dentro...! Sin embargo, yo quisiera decirles que cualquiera de nosotros pudo haberse ido afuera durante esa tormenta. Tan es así, que vimos un montón de autos que quedaron sembrando el circuito. Y sin contar los que no pudimos ver porque se habían ido abajo!

En fin... ¡que nos quedamos con dos autos! Se integró entonces Gastón Perkins al equipo de “la Banana” y seguimos tirando y tirando, sin pasarnos de rosca, porque Fangio y Berta nos guiaban continuamente, hasta que llegamos a escoltar al Torino Nº 3. Pero esto, que se cuenta así de fácil, no fue sencillo de hacer.

Por eso les pedía a ustedes que piensen en cada esfuerzo, en cada sacrificio, en lo que significó el llegar con dos autos a las posiciones que ocupábamos en ese momento de la carrera. Y en todo lo que hubo que poner, de valores humanos, para que “la Banana” pudiera largar la carrera.

Y entonces, cuando todo estaba casi hecho, cuando nos pareció que tocábamos el cielo con las manos... entonces... ¡entonces me toca a mí el problema de las luces!

De golpe me quedé ciego. Lo peleé. Traté de adivinar la curva. Doblé, pero me había pasado del radio. Hice todo lo que pude, pero me fui afuera. Y no pude regresar al circuito.

Y entonces... ¡Sí! Llegué llorando a los boxes... ¿Entienden ahora porqué un hombre puede llorar, aunque no le haya pasado nada?


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CAPÍTULO XVI


Nürburgring, en horas de la mañana del viernes 22 de Agosto.

LA VERDAD... ¡A MÍ ME DIO UNA BRONCA BÁRBARA!
por IVONNE GIBSON DE PERKINS


Resulta que yo estaba chocha por cómo iban las cosas. No es que sea una fanática pero... seguro que, si no se corta la luz, gana “la Banana”... ¡hubiera sido bárbaro!

Para entonces los argentinos brotaban de toda Europa y caían a Alemania y los mozos del restaurante nos conocían y nos reservaban la mejor mesa... Era fenómeno, ver a los argentinos unidos, “hinchando” por una misma cosa, los autos que andaban como la gran flauta y, aunque una no supiera el idioma ya pescaba la onda de lo que la gente decía.

Después, esa admiración... Era como Fangio volviendo... pero, en vez de Fangio, sus autos. ¡Pobre Luisito! ¡Ay! A mi me dio una bronca bárbara. Da rabia, sobre todo que se haya quedado por una cosa tan estúpida. Yo aprovechaba para dormir cuando dormía Gastón, pero justo ese día, se me hizo un poquito tarde. Entonces fue pensando ... “!Huy...! ¡Gastón ya debe estar corriendo!” Pero, cuando llegué a los boxes me dijeron: “Luisito tuvo tal problema...”

¡Qué se yo! Es la impotencia lo que más mortifica, porque si hubiera sido un problema-problema, un palier o el diferencial o algo así... pero... ¡por cortarse las luces...! ¡Por un cablecito estúpido...! Además, si hubiera sido de día no pasaba nada, pero, en fin... Así son las carreras.

Yo nunca tengo miedo cuando corre Gastón, porque le tengo una fe bárbara. En esta carrera menos todavía, porque no era una carrera de “a fondo”, de esas que todo el mundo va “al mango”. Aunque algunas veces Gastón se tentó. Recuerdo que cuando el Ford Capri los alcanzaba, Gastón hizo una vuelta en algo así como 12 minutos y pico... y en seguida Fangio puso banderas y carteles por todos lados, para que aflojara. ¡Qué bárbaro Fangio...! Se quedó levantado... ¡pero muchísimo! Estaba en todo. Además, cada vez que paraba uno de los corredores, le daba una palmada, un aliciente... “Bueno, hermanito, estuviste muy bien...” ¡y qué sé yo!

¡Qué bárbaro Fangio! Las diez mujeres más monas del mundo no llaman tanto la atención como él. Es increíble... ¡Y cómo trabajó y se preocupó! ¡sabíamos tanto del reglamento como el que más, y tenía a todos supercontrolados... Tanto, que uno de los directivos (uno alto, grandote, rubio, muy serio) dijo que de todos los equipos éramos el más correcto, en todo. Y eso que hay equipos con mucha experiencia. Y los italianos que son muy divertidos y, además, unos japoneses, pero... ¿quién va a entender japonés? Están de lo más recluidos en sí mismos. A mí, los que más me llaman la atención y charlamos y dicen “chau” y qué sé yo, son los italianos.

Pero... ¡que rabia! por un cablecito estúpido nos quedamos con un solo auto. Y Gastón de a pie, por segunda vez... Pero esto va a salir bien, y yo... no sé... pero me encantaría intentarlo otra vez el año que viene... Aunque Gastón dice que los demás también se vana a preparar mejor y que va a ser tan difícil como ahora. La verdad es que, con todas las piñas que hubo, que no se le haya pasado nada a nadie ya es bastante suerte...

¡Pobre...! Yo aquí, lamentándome por Gastón, y esa monada de chico que es el “Nene” García Veiga ni siquiera tuvo la posibilidad de subirse a un autos. Está bien que Gastón haya tenido mala suerte por partida doble, pero corrió en dos autos y... no es que yo sea una fanática de mi marido pero... seguro que, si no se corta la luz, gana “la banana”. Hubiera sido bárbaro...
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CAPÍTULO XVII


Desde la habitación del Hotel, en Adenau. Viernes 22 de agosto, a las 7 hs.

¿DE SUPLENTE?... DE PINCHE, DE LAVAPIEZAS, DE CUALQUIER COSA....
por NÉSTOR GARCÍA VEIGA



La verdad es que yo soy bastante madrugador, pero... ¡cómo cuesta despegarse de las sábanas cuando, durante días, uno sólo ha dormido unas pocas horas...! Ya son las 7.00 horas. Me caigo de sueño y me muero de ganas de ir al circuito. En mí, como en todos, gana el circuito.
¡Qué circuito! Es bárbaro, no te permite ni un error, pero ahí adentro te divertís como un loco... ¡lo que sería correr SP en Nürburgring...! Una carrera no muy larga. Unas 15 vueltas, pero así, a cara de perro... Te pasás Néstor... Apenas si sos suplente y ya estás pensando en Sport Prototipos... ¡pero sería bárbaro!
Mejor me miro al espejo y me pellizco. Si soy Néstor García Veiga, me dicen “el Nene” y estoy en Nürburgring. Cuando Fangio llamó por teléfono a mi casa y me preguntó si quería integrar el equipo... no sé... creo que fue la emoción más grande que he recibido en mi vida. ¿De suplente? Yo hubiera venido de pinche, de lavapiezas, de cualquier cosa. Y traté de colaborar de una forma u otra en el equipo. No he sabido bien en qué porque yo... de mecánica, no entiendo mucho, pero de cualquier manera... colaborar, en cualquier cosa, en lavar los vidrios de los autos, en limpiar los faros. Aunque sea, no poniéndome en el camino de nadie, no molestando.
¡Cómo me gusta esto! Si me preguntaran qué es lo que más me gusta diría que... ¡todo! Aún el no correr. No por mí. Y estoy muy contento de no haber tenido que correr; eso, por mis compañeros. Pero pienso que por ahí con suerte, se me da el año que viene o el otro... qué sé yo... pienso que alguna vez podrá ser. El doctor De Las Heras —algunos le dicen “El Tordo”, porque le tienen más confianza, yo lo llamo por el nombre, Lino—, me preparó como si fuera a correr. Dice que soy suplente y que tengo que estar listo para cualquier cosa. Pero estoy mucho más contento así, con que no haya sucedido nada. Pero este circuito es una bomba... Al comienzo me costó bastante conocerlo; era difícil de andar el primer día. Hubo algunos que lo aprendieron más rápido, pero a mí me costó bastante. Lo fenómeno es cuando agarrás un ritmo y le dás y le dás... Es un circuito bárbaro. Aprendí cualquier cantidad. Anduve de día, de noche, con lluvia, con niebla. Aprendí un montón. Y eso lo voy a poner en práctica cuando se corran, en Buenos Aires, las 25 Horas. De todo saqué experiencia. Y de todos. ¡Qué plato don Gastón! Para decirme que tenía que andar rápido, me marcaba “palo y palo”, pero como había que cuidar el auto, agregaba 4-2/4-4. Yo no sé si los alemanes entendían eso, pero a mí me hacía reír el cartel de “palo y palo 4-2/4-4. Como si me dijeran: “andá a fondo, pero no lo pasés de 4.400 r.p.m.”
Lo que sí entendieron los extranjeros es que trajimos un auto en serio y un equipo igual de serio que el auto. Al comienzo no nos pasaban bolilla. Que el auto era muy grande... muy pesado.. ¡qué se yo! que Fulano corría tal marca... que Mengano tal otra.. que el campeón del año pasado... Lo que yo sé es que a esta altura deben haber incorporado una palabra nueva al idioma alemán, porque en todos lados escucho “Torino” de aquí, “Torino” de allá. Antes era “que en la niebla íbamos a tener que parar” que a los argentinos en cuantito llueva “no los vamos a ver más”... pero hubo niebla y llovió como si fuera la única cosa que les quedaba por hacer en el cielo. La verdad es que se les puso muy feo a los tres autos... ¡Andaban haciendo piruetas bajo un diluvio que era como para el Arca! Pero todo pasó y eso no lo esperaba nadie. Es sensacional. Y estoy aquí y aunque no le ponga el físico a ningún auto (que no lo quisiera) estoy aquí, soy parte de todo esto y, para mí, es lo más grande que me ha ocurrido en mi vida. No me puedo perder nada. Ni un momento. ¡Me voy al circuito!

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CAPÍTULO XVIII


Nürburgring, al amanecer del día Viernes 22 de agosto de 1969.

...Y LA ANGUSTIA FUE MI COMPAÑERA
por JOSÉ T. ONETO.A




Los primeros reflejos del alba comienzan a iluminar este viernes, cuando decido tomarme un descanso. Desde el martes hasta este momento (las 5.30 de la mañana), mi contacto con la almohada apenas si alcanzó a 5 horas en total. Camino del hotel, voy haciendo un “racconto” de todo lo vivido. Sin desvestirme siquiera me tiro boca arriba en la cama, las manos entrelazadas en la nuca y apretando los párpados como para apurar el sueño que no llega, pese al cansancio. Pero los nervios pueden más que la fatiga. La visión retrospectiva anduvo desandando el tiempo hasta el instante en que Di Palma apareció en los boxes confirmando la noticia de su “no va más”. Ahora lo que tiene vigencia es esa imagen del coche Nº 3 punteando la competencia.
Tengo necesidad de dormir. Comprendo que si pierdo este par de horitas de descanso ya no tendré reposo hasta entrada la noche del sábado. Sin embargo, cuando no es el rumor de los autos pasando, que el viento empuja hasta mí, es un teclear del telex que no me abandona; que como un fantasma penetra en mis oídos, recorre sus laberintos y regresa. Creo enloquecer. Necesito dormir. Es el arrastre de 19 días digitando sobre un teclado, que se ha incorporado a todo mi ser y se agita en repiqueteo infernal.
De cuando en cuando el martilleo penetrante, cede. Es para dejar paso a otro rumor que, aunque apagado, se filtra por la ventana sin persianas de mi habitación. Se trata del rumor alegre, sonoro, vibrante, del escape del Torino. Cada 14 minutos, aproximadamente, se repite la música argentina. Y ya no pienso más en dormir. Ni siquiera entorno los párpados. Sólo espero el momento en que el Torino encara la “chicana”.
Y no aguanto más. El reloj me dice que son las 8 y monedas. Me pongo de pie y en instantes más estoy en marcha hacia el circuito. Pero me detengo brevemente en el puente de la “chicana” a esperar el paso del coche Nº 3. El suspenso se prolonga. Y vuelvo atrás el tiempo en la memoria. Y pienso en Fangio, en su larga vigilia con los pies sobre un bidón porque el box está inundado. Veo a don Pablo Macagno con el cronómetro y la planilla, arrancándole rezongos trasnochados al mate que ceba Cordero, o Sanz o Giacone, mientras los demás mecánicos se turnan enarbolando las pizarras y Berta remedia el reposo del guerrero dentro de la carpa, con un problema de angina rebelde...
Vuelven a desfilar como en una galería de cuadros, todos los rostros familiares de tantos días vividos como ermitaños. En Nürburgring. La pena de Di Palma, el gesto de amargura de Perkins por su doble “quedarse de a pie”; el dolor interior de Cupeiro, la nobleza de Galbato en su renunciamiento, la solidaridad de Cacho Fangio y García Veiga; el toque de humor de Rodríguez Canedo para matar el tedio, la seriedad mayor de Franco, la inquietud de “Larry” por relevar al compañero; las gestiones sin tregua de Teleki, los cigarrillos devorados por Lobbosco, los termos con cacao preparados por Lino de Las Heras, los asados de Casarín (y su valija fantasma), los emparedados que consiguió Donati, a pecio de oro y las noches en vela de Ruata, Astiz, Verna y “Bieletta”. Y pienso en mis colegas viviendo a pleno todas las emociones, pero también sufriendo el agua, el frío y las vigilias.
Y pienso en la tierra lejana; en todos aquellos que creyeron en la patriada y que ahora quizás estén pegados a los receptores escuchando en las voces radiales de habituales jornadas locales, el mensaje de este sensacional primer puesto que aún mantiene el auto argentino. Y siguen en caravana los recuerdos, desde el día en que dejamos atrás Ezeiza rumbo a eso que algunos tildaron de aventura imposible y que hoy ha trocado en “misión posible”. Y pasa el tiempo y el Torino no aparece. Van 13 minutos... ¡Ahí está...! El bramido lo delata. Los cambios se suceden y la trompa agresiva del auto argentino emerge de la curva; y al pisar sobre la recta del puente, revienta un trueno que resquebraja los cristales del aire. Ya pasó; se pierde en el fondo de la recta . Pero una rumorosidad, acaso desusada, deja un poco en suspenso la repentina alegría que experimenté ante esa presencia que permitía seguir alentando esperanzas. Algo no anda bien, me digo en reflexión inmediata. Y una nube oscura, la de la duda, se suma a la tropilla de bajas nubes amenazantes que el viento arrea rumbo a cualquier parte.
Y estoy otra vez en el circuito. Son las diez y cuarto. No hace falta preguntar nada. La pizarra indica al coche Nº 3 que debe ingresar a boxes, y observo preparativos e inquietud en la gente argentina. Por ahí, siempre procurando no ser inoportuno, me atrevo a averiguar algo más. Efectivamente, aquella rumorosidad era anormal. El escape estaba suelto. Pasan unos minutos y aparece el Torino (Copello al volante). Manos ágiles y diestras manejan un alambre como remedio de emergencia para salir del paso. La tarea lleva 2m45s. Lo suficiente para que el auto sea castigado con tres vueltas de descuento y de esa manera deje de ser el puntero de la competencia, bandera que mantuvo en alto a través de 57 horas. A partir de ese momento es el Ford Capri, Nº 7, el auto que marcha a la vanguardia. Duele. Nos habíamos acostumbrado mal. Llegamos a olvidarnos de que, humildemente, vinimos a competir; a entregar una imagen argentina. Y ahora nos molesta abandonar la delantera; nos produce desaliento. Pero más en frío, reflexiono y se me ocurre que éste es “un triunfo que no necesita bandera a cuadros...”. Y en esa inteligencia me dispongo a seguir la tarea.
Ha transcurrido una hora. “Larry, que relevó a Copello, recibe indicaciones para que cambie pastillas de freno y rodado, parte trasera izquierda. Son ya las 11.45 y “Larry” ingresa al parque de reparaciones, donde el piloto puede realizar tareas sin penalización alguna. Y “Larry” comienza la suya. Procede con mucha cautela. Desprecia la rapidez en beneficio de la seguridad. Pero nadie nos quita la angustia, porque el reloj es terminante con su marcha inexorable, y la aguja va estrechando el margen de tiempo para poder dar la vuelta en los 24 minutos que exige la reglamentación de la carrera. Ya “Larry” concluyó con el cambio de pastilla y rodado. Mientras se ajusta el cinturón de seguridad, consulta. “¿Cuánto me queda...?” La respuesta es, “!Catorce minutos!”. Apenas si se escucha decir... “!catorce...!”. No necesita saber más y pisa con fuerza y nervio. Va a jugarse una carta muy difícil. Con partida detenida es casi imposible bajar de 14 minutos. El lo sabe, nosotros también, y lo acompañamos. En esa carta nos jugamos todos.
....Estamos viviendo el momento de mayor angustia. Solamente un milagro puede mantenernos en carrera. Diez minutos y diez segundos insumió la detención. Vuelvo la mirada al cronómetro: 12 minutos han quedado atrás... Pero allí se escucha al Torino, ¡está entrando en la “chicana”! Se acerca, ya está frente al control y tembloroso nuestro pulgar hunde con rabia la perilla. Las agujas se clavan en 13m08s. Y mientras pienso en que existen los milagros, la muchachada argentina, brazos en alto y aplaudiendo, señala a “Larry” que entró en tiempo. La mano del piloto haciendo la clásica seña de “O.K.”, una sonrisa y un guiño, lleva tranquilidad a todos. Todavía estamos temblando. Clavar 13m08s con partida detenida es realmente un milagro. ¡Increíble”.
Está cerca el mediodía. Hace un rato “Larry” intentó repetir su proeza cambiando pastillas y rodado del lado derecho. Pero las pastillas estaban muy duras y los minutos pasaban volando. Calculando que no iba a poder realizar la tarea y dar la vuelta en término, “Larry” dejó todo como estaba y reanudó la marcha. Eso no era el mayor problema. El verdadero está en el escape. Como esta mañana. Acaso más acentuado, pese al recurso del alambre. Y el nervio, la angustia, el cansancio y el sueño, siguen marchando del brazo con el café y el cigarrillo. Son mis trasnochados compañeros. Y con ellos hago un paréntesis en el bar del circuito. A través de sus ventanales sigo la carrera, mientras recopilo apuntes.
Y la rumorosidad del Torino crece... allá afuera, sobre la pista...

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CAPÍTULO XIX



Nürburgring, en la zona de boxes, transcurridas 60 horas de carrera. Eran
las 13.00 hs. del viernes 22 de agosto.

LA HORA MÁS DIFÍCIL
por CARLOS LOBBOSCO

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Faltaban 24 horas para terminar la carrera. Nos quedaba un solo auto y ya teníamos la seguridad de tener que parar. La primera sensación es de que a uno se le viene el mundo abajo. La tragedia de un único auto que tenga que parara en boxes para reparar una pavada mecánica perdiendo muchos minutos que son otras tantas vueltas menos... te rodea una impresión desoladora. Después una piensa, medita, y volviendo hacia atrás analiza lo hecho antes de la carrera y hasta el momento. Entonces uno se da cuenta que esa pavada, que se pensó tan importante, no deja de ser una pavada en el contexto general de la cosa.
Vuelve el ánimo, el optimismo y la fe. Y el recuerdo. Todo lo que pasó desde hace un año, desde el momento que Ika-Renault decide mandar a Fangio y a Berta a ver esta carrera y se me incluye a mí en esa misión de observar. Estuvimos, vimos y nació una profunda fe en nuestros autos, pilotos y mecánicos. Un paréntesis, por razones empresarias, se tradujo en la imposibilidad de concurrir como equipo oficial de la Fábrica. Pero había que buscar una forma. Había que dar salida a esa fe y la forma surgió... charlamos largo con Fangio... en su concesionaria de Constitución. Llegamos a un resultado: que el nombre de él podría llegar a unir a una gran cantidad de gente y como una empresa privada, como una misión privada pero con sentido nacional, podríamos hacer exactamente lo mismo. Con igual eficiencia, con igual repercusión para nuestro país. Nuestro objetivo fue, por sobre el problema de parcas: llevar un cachito de tierra argentina a Europa. Fangio y Bordeu, lamentablemente para mí, tuvieron que viajar al extranjero. Quedé solo, con Berta. Pero antes de partir, Fangio tuvo una entrevista con el señor Lavaud y obtuvo los tres autos y los repuestos que hicieran falta. Este fue el punto de partida. Por dos meses, con Fangio y Bordeu en Europa, se podría suponer que recayó sobre mis hombros la responsabilidad del proyecto. Pero no fue así. Tuve el aporte incondicional de mi gran amigo Oreste Berta y algo que era como un cheque en blanco: en nombre de Fangio, porque me había dado libertad absoluta para usarlo y actuar en su representación; me aboqué de lleno al problema de reunir recursos. No hizo falta ver más de diez u once personas. Todas me dieron su aprobación y apoyo. Y no era Fangio el que estaba actuando, pero sí su nombre. Mientras tanto, en Ika-Renault, ingeniería de productos trabajó activamente en el problema de los autos, el ingeniero Leeper y su equipo, con contacto permanente y colaboración de Berta, llevaron a cabo un trabajo de excepción. Mientras tanto el trabajo proseguía en forma de concretar apoyos, recursos financieros, contactos en los que hace a viajes, neumáticos, hoteles, intérpretes y las mil cosas que conforman un operativo de esta naturaleza. Con Fangio de regreso en el país, anudamos todo lo que hubiera podido quedar suelto. El operativo Misión Argentina estaba en marcha. Luego tuvimos una reunión para elegir los pilotos y bien se puede decir que la lista surgió por unanimidad. No sufrimos ese difícil problema... Es que una elección realizada por Fangio no da lugar a dudas. Se puede equivocar, es humano, pero creo que Fangio es tan importante en nuestro automovilismo que hasta tiene el derecho a equivocarse. Así nos embarcamos en esto, que fue todo brillante, y ahora, faltando 24 horas para finalizar, casi se me viene el mundo abajo, en un primer instante. Pero uno piensa, medita y renacen el optimismo y la fe. Después de esas primeras 60 horas, después de ver lo que habían hecho ese grupo de muchachos argentinos, pilotos y mecánicos, de una increíble capacidad humana y profesional, quiero afirmar que podrían sucederse mil problemas de escape, podría explotar el auto en la vuelta siguiente, que a mi juicio estaba todo hecho.
Y el Ford Capri se nos venía encima. Con Berta pensamos en hacer apurar nuestro auto. Tenía resto. Podía girar algo así como 30’’ menos por vuelta, sin riesgo. Pero, aceptando la total autoridad de Fangio en este tema, lo consultamos. “No, hermano, nos dijo, si quiere agarrar la punta... ¡dejalo! Faltan 24 horas para que termine la carrera”. Y yo lo miré, vi en él 5 campeonatos del mundo, vi en él muchísimas carreras que ganara “de atrás” y me dije... “palabra santa”. Nos miramos con Berta y el Torino siguió girando en 14’ la vuelta. El Capri tomó la punta, pero sospecho que la extraordinaria intuición automovilística de Fangio había determinado la dificultad para que ese auto, que hacía 24 horas que venía girando en 13’ y aún menos, prosiguiera intacto a ese ritmo. ¡Y se quedó el Capri! Pero nació la tragedia de nuestro escape. No importa, hemos superado otras. Hemos perdido dos autos y sin embargo, ganado la más difícil batalla. La humana. Cuando se quedaron esos dos autos (y esto cubre, tapa y aún valora todo lo demás) hubo una unión tan grande para consolar al caído que después de ver eso el resto se empequeñece. Llegó Cupeiro a los boxes y fueron mil palabras de aliento. Las primeras, las de los mismos compañeros del auto que se habían quedado a pie. Luisito llegó llorando, con un ataque de nervios y sobraron brazos y palabras para consolarlo. Había un grupo humano que superó al golpe material. Y eso pasó en la Misión Argentina y eso fue maravilloso. ¿Qué hubo algún roce, alguna palabra fuerte? Sí... yo tuve mis violentas discusiones con Eduardo Copello, con Gastón Perkins, con Oreste Berta y hasta con el mismísimo Fangio... Pero si alguien me dice que 30 hombres, conviviendo juntos, en una selva, por más de un mes, no han tenido ni un sí, ni un no, entonces yo les digo que allí no hubo 30 hombres, sino 30 muertos.
Pero... ¿cuánto duraba el enojo...? ¿Cuarenta y cinco segundos, o treinta? Creo que... sólo el tiempo que tardábamos en darnos cuenta de que habíamos alzado la voz. El grupo humano se debe valorar en los momentos difíciles, y allí superamos cualquier cosa. Y ahora enfrentaremos otro. Hay que parar... ¿cuánto tiempo? Los manuales de servicio dan una cifra para cambiar el caño de escape. Pero necesitamos otra. Otra que reduzca los minutos, que los contraiga en base a nervio, garra, habilidad. Todos vamos a estar allí. En las manos de Giacone y de Diez, como si fuéramos la proyección física de un aliento y una esperanza.

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CAPÍTULO XX

Nürburgring, viernes 22 de Agosto, 17.00 hs.

LO DEL ESCAPE FUE ASÍ...
por GELMINO GIACONE


—Mirá “Gringo”... hay un problema de escape. Va a ser necesario cambiarlo.
Con estas palabras me abarajó Oreste Berta cuando llegué a cumplir mi turno a los boxes. Venía yo de descansar 8 horas, porque hacíamos 8 de trabajo y 8 de descanso y, claro... no tenía mucha idea sobre lo que había pasado. Pero la sorpresa me despertó más rápido que la lluvia, que era bastante tupida. Sobre el pucho, le pregunté a Comari qué había sucedido.
—Resulta que hará como una hora paró este muchacho Copello. Traía puestos los guantes de amianto, todos sucios. Venía con atraso y nos tenía preocupados. En cuanto estuvo a tiro nos dijo que se le había caído el caño de escape, y que tuvo que parar para colocarlo y tirarse abajo del auto. Berta le ordenó que siguiera girando, mientras que con Zurita, preparábamos una chapa como de unos 30 cm. De largo, que enrollada tuviera el perímetro del caño de escape. Pensamos que con esa chapa, bien atada con alambre, podríamos sujetarlo en su lugar. Pero resultó que el caño estaba bastante deformado por los golpes y no enfrentaba bien. Siguió haciendo bastante ruido, aunque creo que el problema que hacen “los de la deportiva” no es tanto por el ruido. Dice que tiene miedo que se caiga, y nos dieron tiempo hasta las seis de la tarde para arreglarlo.
Berta nos llamó. No había tiempo para más conversación.
—Ché... “Gringo”... ¿qué pensás vos?
Antes que pudiera decir nada, Berta había esbozado su solución. Poco pude yo agregar, salvo algunos detalles, ya que lo previsto era lo mejor que se podía hacer: acortar el escape, y utilizar sólo el primer tramo, anulando el segundo, de forma tal que el silenciador quedara colocado al finalizar el primer tramo.
Sucede que con las vueltas que pegan los caños por arriba del tren trasero, y sin fosa... ¡ni Mandrake hubiera puesto en escape completo en el tiempo que disponíamos!
Preparamos todo. El turno lo compartíamos Pablo Macagno, Andreu, Cordero, Sáenz y yo. Con éste último, un gran compañero y muy buen hombre, fuimos hasta donde estaba el Torino blanco, el que había sido de ensayo, y lo usamos otra vez como “muletto” para ver cómo presentaban los caños... Queríamos algo así como coordinarlos... digamos... desde la salida del múltiple, hasta el enchufe del segundo tramo. Mientras tanto seguía lloviendo, como si en el cielo todo un barrio jugara al carnaval... Cuando volvimos al box, con nuestra parte del trabajo lista, combiné con Pepe Diez —a quien Oreste Berta había llamado para colaborar en el cambio— la forma en que lo haríamos. Berta nos escuchó y nos hizo algunas sugerencias pero, creo yo, lo hizo más para que nos contagiáramos de su tranquilidad que por cualquier otra cosa.
¡A él no se le movía un pelo...! A nosotros... a mí, al menos... ¡no me hubiera bajado ni un trago de agua!
Dispusimos las herramientas. Pude ver cómo, en las cercanías de nuestro box y arriba, en una especie de terraza que domina la pista, la gente se juntaba. Había mucha expectativa sobre lo que íbamos a hacer y cómo lo haríamos. Lo noté hasta en la forma como la gente hablaba. Yo no entendía ni una palabra de lo que decían, pero sabía que hablaban de nosotros.
Oreste Berta dio la orden. El pizarrón asomó su mensaje más allá del muro de contención y Eduardo Copello hizo señas de haberlo comprendido. Nos quedaban apenas quince minutos antes que el auto Nº 3 se detuviera en boxes, en la zona penalizada.
Entonces comenzaría a perder una vuelta por cada minuto que Pepe Diez y yo tardáramos en cambiar el escape.
Por décima vez repasé las pocas herramientas necesarias. Luego, mentalmente, hice lo mismo con el trabajo. Pepe tal cosa, yo tal otra. El gato yo, el capot él, los tubos, las llaves, las juntas. Vos tenés y yo aflojo. ¡Que ningún otro toque nada o nos penalizan!
—¡Que ningún otro toque nada o nos penalizan —repetí en voz alta—. Rodríguez Canedo y García Veiga estaban mudos. Don Pablo Macagno, inmóvil. El grito lo pegó Cordero...
—Ahí viene... ¡ya entra!
Recuerdo que metí el gato y levanté el auto lo más alto que pude. Luego me tiré abajo. Medio tuve que hacerme a un costado, porque el agua que Pepe Diez tiraba para enfriar el escape caía hirviendo... pero... ¡qué se yo! eso casi no se siente con los nervios y, en ese momento, lo único que uno piensa es largar rápido el auto. Así que comencé a aflojar los bulones, mientras Pepe me tenía las tuercas y aguantaba los golpes del capot que, con el viento, le cayó tres o cuatro veces en la cabeza. Hicimos lo más rápido que pudimos. Al salir el último bulón, el caño de escape me cayó en la cara y me quemó un poco. Pero el tiempo corría, aunque no nos diéramos mucha cuenta. Berta, cuando recién habíamos puesto tres de los cuatro bulones, dio la orden de largar. Franco estaba listo. Apenas las ruedas habían tocado el suelo, el motor estuvo en marcha. Miré alrededor y pregunté:
—¿Cuánto perdimos?
—Nueve minutos y ocho segundos —me contestó el señor Merlo—. Recién entonces me di cuenta que, argentinos y extra
njeros, nos estaban aplaudiendo.

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CAPÍTULO XXI

Nürburgring, cuando caía la tarde del Viernes 22 de Agosto de 1969.


¿QUIÉN DIJO MIEDO?
por MIGUEL ANGEL MERLO




La tarde golpeaba la rabia de un aguacero interminable. Era el tercer día en que la zona de Adenau, Alemania Occidental, recibía el castigo de una lluvia que, al decir de la gente, no se registraba igual en treinta años. Viernes a la tarde, viernes 22 de agosto de 1969. Por una resolución policial se había notificado a las autoridades de la prueba que el honorable vecindario de Adenau, de acuerdo con los edictos que vedan los ruidos molestos, no estaba dispuesto a tolerar una noche más, mortificada por los caños de escape de los automóviles que se movían dentro del anillo de Nürburgring, al lado de la montaña del Eifel. A la hora tope de las 18, varios automóviles debían afrontar una operación heroica. El Lancia sobreviviente del equipo oficial italiano, un Mazda con motor rotativo Wankel elaborado en Japón, algún B.M.W. que por allí estaba en desacuerdo con sus hermanos de marca y trepidaba por los tubos de salida de gases, y finalmente, el automóvil argentino. El automóvil grande, número 3, blanco, con una sola escarapela azul y blanca y una inscripción que decía su limpia intención: INDUSTRIA ARGENTINA. Entonces, y a plena lluvia, se produce la detención inicial de los castigados. El Lancia fue el primero en abordar la operación de cambio del caño de escape. Los automóviles del equipo oficial italiano, así como los del argentino, eran tripulados por tres hombres que se relevaban de acuerdo con sus necesidades y conveniencias. Uno de los tripulantes del Lancia era el inglés Tony Fall, 29 años, casado, dos hijos, muy accesible y altamente simpático. Un hombre que me llamó la atención porque al preguntarle si pensaba visitar Buenos Aires, sacó papel y lápiz, dibujó con una perfección increíble el mapa de América del Sud y sobre él estableció las distintas escalas que le iban a permitir pasar en vuelo por la Argentina, pero lamentablemente, dijo, y no por cortesía, “no podré detenerme en esta oportunidad”. Este mismo Tony Fall hizo después pareja con el sueco Günnar Palm y con él acaba de imponerse en la carrera de cordillera más importante que tiene el Perú, batiendo todos los récords en el llamado “Camino del Inca”. La operación sobre los Lancia consistió en hacer cuatro detenciones consecutivas, considerando que cada una de las vueltas debía realizarse, luego, en no más de quince minutos. Ello le permitiría al piloto mantenerse detenido por espacio de hasta ocho minutos para efectuar las reposiciones necesarias. En las cuatro detenciones, Tony Fall hizo lo siguiente: cambió la tubería de escape, que estaba en infracción por exceso de ruido, sustituyó las pastillas de freno e hizo el recambio total del rodado. Vale decir que cumplió, en una zona no penalizada, mucho más de lo que harían los argentinos, pero en la vereda de enfrente. El genial inglés Tony Fall, fogoneado en Montecarlo, en el Rally de los mil Lagos, en Los Tulipanes, en la Copa de los Alpes, demostró qué tipo de profesional es que se necesita para esta clase de pruebas. Ya he dicho que el piloto acrobático, el virtuoso del manejo, por esa sola condición no basta para cuando se trata de realizar pruebas de resistencia, y este señor nos da perfectamente la razón. A su vez, la operación argentina se realizó “a la criolla” en la zona penalizada, frente al box y con el máximo de desconfianza. Prefiero no agrandar la realidad y no ser el fabricante de los mitos, porque los mitos se devora luego a la verdad. Y cuando la verdad muere ya no es posible reconstruir lo auténtico. El operativo ordenado por Oreste Berta lo jugó a costillas de todos sus efectivos: no hubo alarde de riqueza, ni un despliegue de confianza. Como el reglamento permitía la utilización de dos mecánicos por coche, Oreste Berta dispuso que fueran José Diez y Gelmino Giacone, los dos asistentes que realizaron la operación. A Pepe Diez se le encomendó el trabajo de arriba. Giacone, más menudo, se arrastró como una lagartija dejándose arañar la cara por el piso. Era todo aquello verdaderamente dramático. Llovía torrencialmente, pero la operación fue realizada con claridad y limpieza. En el cambio de los caños de escape, desde su origen hasta su terminación, se emplearon nueve minutos y ocho segundos. Fue así que el coche quedó penalizado en diez vueltas perdidas sobre las que efectivamente llevaba corridas. Lo gracioso aquí es el reglamento: yo diría que está entre gracioso y absurdo, aunque con todo respeto recordemos que el reglamento era igual para todos los concursantes. Que le haya tocado al Torino Nº 3 es harina de otro costal. Si dejo perfectamente aclarado que el equipo argentino no hizo alarde de lujo, y, por el contrario, abordó la obligación de cambiar los caños de escape con abnegación, entiendo que ese cumplimiento se hizo siguiendo normas muy claras y estudiadas. En ningún momento se advirtió desorden, y sí la desconfianza natural que causa el no sentirse muy cómodo para realizar una operación bastante inesperada. Pasada la tarde me tonifiqué pensando que pierde el que se desalienta. Borré de mi repertorio la palabra fracaso. Por eso, aquel viernes 22 de agosto a las 21, cumplida mi cuota de 4.000 palabras diarias, por Telex, para el diario “La Razón”, me sentí guerrero. Sobre todo cuando entré en el salón de las sillas rojas, que era en el que después de la media noche se permitiría comer algún bocado en el Sport Hotel Tribüne, en el Nürburgring. Allí fue donde encontré un puñado de argentinos, cabizbajos. Recuerdo las caras de Miguel Angel Barrau, Oscar Gañete Blasco, Adolfo Donati, el núcleo periodístico inseparable de Parga con Oneto; un poco más lejos Adolfo Imas y Eduardo Forte, y, en ese momento con absoluta sinceridad supuse, creí, que no estábamos derrotados. Y no lo estaríamos en cuando no quisiéramos caer vencidos. Porque ya había demostrado que el auto argentino que era capaz de soportar un esfuerzo como el de las 84 horas, que consiste en rodar ininterrumpidamente tres días y medio. Y al mismo tiempo, no solamente me aferré a la idea de que no íbamos aprender, que íbamos a estar en el lote de los que llegaban, que era igual a triunfar, sino que me dije más: “si hubiéramos contado con un automóvil más en la pista, nosotros no perdíamos las 84 horas de Nürburgring”. Digo otro automóvil acompañando al Nº 3 porque no se me escapa de la vista la forma un tanto ridícula en que los otros dos coches se han quedado. Uno por exceso de agua debajo de las ruedas y el otro por escasez de electricidad que le permitiera iluminarse en la noche. Por eso dije que de ninguna manera nosotros podíamos perder. Y no hemos perdido, al cumplir un papel honorable, sobre todo muy bien fundamentado sobre un grupo humano que demostró tener lo más grande que se puede pedir: Lealtad.

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CAPÍTULO XXII

Nürburgring, Viernes 22 de Agosto, en la habitación del hotel, a las 22:30hs.


HIPNOSIS, FATIGA, VÉRTIGO
por el doctor LINO DE LAS HERAS

¿Cómo he podido desparramar tantas cosas en tan poco tiempo? Paseé la mirada por la habitación del hotel... ¡Qué lindo revoltijo...! Había dado instrucciones que... ¡por favor! al arreglar mi habitación, la mucama no tocara nada, no moviera nada de su lugar. Me dispuse a ordenarlo y ordenarme.
Anotaciones, planillas, registros, medicamentos. Ese habías sido mi mundo durante menos tiempo del que me parecía y constituía, además de una obligación aceptada con orgullo, una experiencia de profunda significación profesional.
Soy médico y mi especialidad es la medicina del deporte. La reflexión me hizo un poco de gracia, ya que, aún sin alejarme demasiado de mi función específica, pude haber pasado a los ojos de algún observador incauto como un ayudante de cocina o “gaucho” experto en asados.
El decir que “junto mis notas” puede ser una curiosa paradoja. La verdad es que las desparramo frente a mí. Quiero observar. Confrontar. Estoy seguro y, sin embargo, dudo. Mi función está en la ciencia, pero soy humano. Y son hombres en desgaste, en tensión, en el resultado de un trabajo, cuya exigencia psicofísica es inmensa, los que me preocupan. Estamos en el umbral de la última noche de la Maratón de la Ruta. Es, también, la cuarta noche consecutiva en la que el sueño es un amigo esquivo o un imposible compañero en un trabajo que no lo admite. Es por eso que, aún estando seguro, dudo. Porque la responsabilidad es de todos. Y muy grande. Porque dentro de esa responsabilidad también está la mía.
Soy el médico de la Misión Argentina. Suena bien y sabe bien... ¡Dios mío... que salga bien!
Pienso que Bordeu, quien me propuso para ocupar este cargo, es el único ausente. Claro que soy amigo de todos y los conocía... ¡los he revisado tantas veces en el consultorio del ACA...! Sin embargo, de todos los amigos que me propusieron y aceptaron como uno más de ellos, esta noche esto más cerca del que está más lejos.
¡Qué lejos está el comienzo del viaje! ¡!Qué lejos las revisiones previas, los primeros consejos, las normas iniciales. ¡Qué lejos el pánico de Eduardo Rodríguez Canedo! Fue mi primer enfermo. Lo atendí a bordo del Boeing 707 de Aerolíneas Argentinas. Puedo aseverar, como facultativo, que Canedo no tenía absolutamente ningún placer en volar... Tuve que medicarlo y los resultados saltaron a la vista en su retorno a la normalidad. El “Chino” volvió a regar de buen humor al grupo. Y cuando digo “grupo”, también quiero decir “unión”.
No desperdicié las horas de viaje. Logré iniciar el estudio psicológico de los muchachos, lo que dio base para otras consideraciones, además de la que antecede. Luego llegó el trabajo. Las dietas cumplieron su función. También los medicamentos. A estos los suspendí 5 días antes de iniciarse la prueba y tampoco mediqué durante las primeras 48 horas de carrera... ¡Lo que me costó trabajo fue entenderme con el doctor Schwartz...! Fue un honor conocer a ese prestigioso colega, también dedicado a la medicina del deporte. Su inquietud coincidía con la nuestra y se admiró de la previsión de nuestro equipo, actitud de la que desconocía precedentes. Me he dado cuenta de que, por algún minuto, he clavado la vista en la brasa del cigarrillo que reposa en el cenicero... ¿Cansancio? Quizá... ¿Preocupación? Seguro. La hipnosis es una enemiga. La fatiga es su aliada y, además, el vértigo puede hacerse presente en cualquier instante. Son mis tres enemigos. También los enemigos de mis muchachos. A 24 horas de la finalización de la carrera, suman un peso a los riesgos que aún debe afrontar la Misión Argentina.
Los ojos fijos en la ruta, en la noche, los haces de los faros como imanes, lo monocorde del sonido que acompaña, la tensión que no decrece... ¡la hipnosis! Hay que evitarla, combatirla.
La fatiga, de hacerse presente, es su gran colaboradora. Pero los pilotos descansan... ¿cuánto descansan? Es difícil, para mí, saberlo. Retirarse a una habitación es una cosa, conciliar el sueño, otra bien distinta. Pero no he bajado la guardia. Podemos combatir la fatiga, y la enfrento con buenas armas.
Luego, el vértigo. Puede parecer mentira, pero una persona no sólo se marea por enfermedad o por viajar en un barco, o por volar. Puede también marearse en un circuito, al competir en él. Nürburgring presenta mayor proporción de curvas hacia la derecha que hacia la izquierda. El sentido del equilibrio puede verse afectado, gradualmente, sin mostrar su peligro hasta que la evidencia es mutua.
Hipnosis. Fatiga. Vértigo. Proteínas desgrasadas, hidratos de carbono, cacao, vitaminas. Desfatigantes. Y entrenamiento. ¡Pocos se dan cuenta de la importancia del entrenamiento...! Pongo en orden mis papeles y, como si fuera un contador, hago mi balance de sumas y saldos. Creo poder estar tranquilo. Pero... ¿lo estoy? Me lleno los bolsillos de lo que me hará falta durante la última noche de carrera. Mi puesto estará en el lugar lógico: los boxes. Me abrigo y me dispongo a salir. Una ojeada final a la habitación. Cuando regrese a ella, todo podrá traducirse en un resultado. Siento que la fe crece. No debo tener dudas. Esta misión tiene grandes pilotos para un gran auto.

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72 "84 Horas de Nürburgring: Misión Argentina" - Página 3 Empty Capitulo XX III Vie Jun 23, 2023 9:01 pm

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CAPÍTULO XXIII

En mi domicilio, durante la noche del Viernes al Sábado 23 de Agosto.


¡QUÉ EXTRAORDINARIOS PILOTOS SON LOS ARGENTINOS!
por JAMES McCLOUD

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—No hay ninguna duda, muchachos, que el Torino es un gran auto... ¡Y qué pilotos extraordinarios son los argentinos! Miren: yo creo que el TC ha tenido mucho que ver para lograr esta categoría de pilotos, capaces de andar en el Nürburgring igual o mejor que los especialistas europeos...
Me rodean mis hijos, en el living room de nuestro hogar, que entre la radio permanentemente encendida, las planillas de clasificación y los cálculos de pronósticos, se había convertido en algo así como una lejana pero nerviosa central de operaciones.
—Jimmy.. —le dije al más pequeño, que sólo tiene siete años— creo que es hora de ir a la cama.
Protestó más que siempre y esta vez cedí en un detalle. Le permití que se acostara en mi dormitorio, desde donde podía escuchar mejor la transmisión, en lugar de hacerlo en el suyo, más alejado.
Kimbell, Marcos y Kelly, mis otros tres hijos, estaban dispuestos a seguir en pie, a no perder ni una sola de las alternativas de la última noche de carrera. Aprovechando las vacaciones, ya que cursan sus estudios en los Estados Unidos —Kimbell en la Universidad de Stanford, y Marcos y Kelly en un instituto preparatorio para la Universidad— habían venido a Buenos Aires. Los tres son muy entusiastas de las carreras de automóviles, pero Kimbell, que tiene un Torino en los Estados Unidos, estaba aún más excitado.
Nos preparamos para una larga vigilia. La verdad es que esta no sería la primera vea que una hazaña del Torino me tuviera en pie toda la noche. Y uno de los protagonistas de aquella primera demostración de virtudes estaba, ahora, en Nürburgring. Lo acababa de escuchar en sus impresiones de la carrera y recordé, de inmediato, aquella otra hazaña: la del “Chasqui Argentino”, cuando Miguel Angel Barrau y Arturo Castro Almeyra unieron Río Gallegos con San Salvador de Jujuy sin etapas, en menos de 36 horas, con ruta abierta. También esa vez me pasé en pié toda la noche... ¿Cómo no iba a hacerlo ahora, cuando el Torino estaba demostrando, frente a las mejores marcas del mundo, su clase internacional?
Recuerdo que cuando Fangio me vino a hablar y conversamos largo sobre la idea de la Misión Argentina yo pensé, en ese momento que Juan Manuel era como un moderno Don Quijote, que estaba buscando molinos de viento contra los que pelear. Pero a medida que se fue avanzando con la idea, en la que Fangio me invitó a participar, y analizamos las características del auto, los tiempos comparativos que conocíamos de otras marcas en ese circuito, y teniendo en cuenta que eran 84 horas de carrera, y la rigidez y la fuerza de los Torinos, entonces pensamos que teníamos una buena posibilidad en la Marathon de la Route.
—¡JIMMY...! Get back to bed... Desde la cama puedes escuchar perfectamente la radio… Oye, Kelly.. ¿a qué tiempo estamos del Mazda, del Nº 29...?
—A tres vueltas. Algo así como 42 minutos...
—Si el Torino mantiene este ritmo, lo vamos a alcanzar...
Podría haber asegurado que el motor no tendría ningún problema. No sabía bien hasta donde había llegado el trabajo que el ingeniero Leeper realizara en la fábrica, pero sí que la prueba de rutina de esos motores se hace a 5.500 rpm, durante 100 horas. Y ahora están girando en la mayor parte del circuito, según dijo Eduardo, entre 4.400 y 4.600 rpm.
—¿Quiénes conducen ese auto? —preguntó Marcos.
—Copello, Larry y Cacho Franco —le respondí—.
—¡Qué lástima los otros!
—¡Hey, Dad...! ¿What do you think que hubiera pasado si el auto de Eduardo no se le rompe el escape y los autos Nº 1 y 2 no se van de pista?
—Bueno... —respondí a Kimbell— yo creo que... mirá, creo que... ¡hubiéramos terminado uno, dos y tres! Creo que sí. Sin importar el tiempo feo y la lluvia, que perjudica a los autos de mayor peso, como el Torino.
Avanzó la hora. Era ya algo así como la medianoche nos anunció que el Torino Nº 3 entraba en la misma vuelta que el Mazda. De allí en adelante ya estuve seguro de que lo superaríamos y que, al monos finalizaríamos cuartos.
Marcos y Kelly comenzaron a hacer números y cálculos para ver si sería posible, ganar, también el tercer puesto.
—¡Si se deciden a buscarlo es posible!— nos informó Marcos. Yo pensé que la responsabilidad era muy grande para Fangio y para Berta, teniendo un solo auto en carrera. Pensé también qué hubiera hecho yo en esa eventualidad. ¿Hubiera ordenado “tirar” al Torino, ir a buscar al Triumph, o quizá...?
Y otra vez Jimmy, parado en la puerta, con sus ojos cargados de sueño y en pijama...
¡Qué chico éste! Además, es hincha del TC... Así se fue, en mi hogar, la última noche en que se disputaba la Marathon de la Route 1969. En familia, pegados a la radio, atendiendo cada novedad, calculando, seguros en nuestra esperanza.
Digo sólo una verdad al afirmar que muchas cosas pasaron por mi mente esa noche. Desde la primera carrera de TC, en San Pedro, en que nació el nombre del Torino a la fama, hasta los comentarios del hijo de Feisal, el rey de Arabia Saudita, cuando probó, en los Estados Unidos, el Torino de Kimbell. Así pasó la noche, y cuando la mañana fue la nueva compañera de nuestra vigilia, y contamos cada segundo de la última vuelta que Cacho Franco y el Torino Nº 3 realizaron al circuito de Nürburgring, supimos, entonces, que —lo necesitara o no— el Torino ya tenía nivel internacional.
La campanilla del teléfono cubrió, en parte la emocionada voz de los relatores. Acabábamos de finalizar la carrera. Creo que fue Kimbell quien me alargó el tubo...
—For you, Dad...
—!Hello…!
—!Aló...! ¿Mister McCloud...?
—Si.. ¿quién es? Ohh.. Gracias... Muy amable Monsieur Lavaud... Igualmente.

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CAPÍTULO XXIV

En el circuito del Nürburgring, a las 12.48 horas del Sábado 22 de Agosto.


Y ESE CIRCUITO FUE EL MÁS LARGO DE LAS 84 HORAS... ¡EL MÁS LARGO DEL MUNDO!
por OSCAR MAURICIO FRANCO

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Había recibido la señal de “NAFTA”. Para mis adentros no pude menos que sonreírme de la previsión. Todos los cálculos previos otorgaban al auto autonomía suficiente como para finalizar la carrera. Sin embargo, la orden de boxes, la orden de Fangio y Berta fue “NAFTA”. Cubrirse. Nada debía quedar librado al azar, que no fuera el azar mismo. Pero, sin embargo, quizá debido a la natural excitación que marcaba la vecindad del fin de la competencia, cuando me acerqué a la zona de abastecimientos la encontré... ¡desierta ¡No había nadie...! Volví a reír, esta vez de adentro hacia fuera, y di otra vuelta al circuito al ritmo impuesto por la dirección del equipo. Esta vez, sí, al acercarme a reaprovisionamientos, me esperaban. Con Carlos Lobbosco intercambié algunas impresiones, las últimas antes de la finalización de la carrera. Cuando me reintegré al circuito lo hice velozmente, aunque dentro de la prudencia que las circunstancias aconsejaban. La intención era completar el circuito antes de que el reloj marcara las 13.00 horas; de esta forma, cruzando la raya antes de esa hora, tendría oportunidad de completar un giro más y así, llevar el Torino al galardón de haber sido el automóvil que más vueltas reales cumpliera durante las 84 horas.
Me fui controlando con mi reloj, al que previamente había sincronizado con la hora oficial de la competencia. Paseé el control, justo, a las 12.48 horas. Faltaban dos minutos. Comenzó, entonces, la que fuera la última vuelta del Torino Nº 3 al circuito de Nürburgring. La inicié tranquilo. La primer parte del circuito, el que nosotros denominábamos “el circuito chico” y que es la que se anexa al habitual para esta carrera, la hice muy tranquilo.
Creo que la sensación del final, la noción de estar terminando la competencia necesitó de ese tiempo para filtrarse hasta mi ánimo. En cuanto ingresé al “circuito grande”, cuyo primer tramo pasa por detrás de los boxes y no vi a nadie, no vi gente y supe, entonces, que estaban todos aplaudiendo y festejando en la línea de llegada, fue que la pensadora se puso en funciones y el resto del circuito se transformó en el más largo de las 84 horas. En el más largo del mundo.
En ese Torino y en mí estaba depositada, en ese instante, toda una esperanza grande. Y yo, prácticamente, iba de regalo en ese auto. Ese no era mi puesto. Le correspondía, por derecho, a Juan Manuel Bordeu... Si yo... hace apenas 4 ó 5 años... ¡corría en kart y en Ford T! Y en ese momento tanta gente, allí y en nuestro país, estaba pendiente de ese auto. Y de mí. De esa última vuelta.
Me asaltaron mil pensamientos. Y pensé en mi Azul, en mi gente. Y en las quemaduras de Giacone. Y en las noches sin dormir de algunos y en el esfuerzo de todos. Vi a mi esposa y a mis padres, y la cara manchada de grasa de Larry y los enrojecidos ojos de Copello.
Y entonces sentí que me ahogaba, que las ganas de reír fuerte, a carcajadas, hacían fuerza hacia fuera, en la garganta. Y con el dorso de la mano, entonces, enjugué la primera lágrima.
Yo no siento vergüenza de haber lagrimeado como un chico. Es que... ¡nunca me lo hubiera podido imaginar” Estaba allí, terminando la carrera, mientras Fangio, Berta y Lobbosco, Zurita y Macagno y todos, aguardaban, mientras en mi país y en mi Azul estarían contando cada segundo, mientras el grupo de mecánicos estaba a punto de tocar el único premio a tanto desvelo, y yo estaba allí, terminando la carrera...
Y entonces se me hizo más difícil ver, aunque el día estaba claro. Y el recuerdo de Jorge Cupeiro y de Luis Di Palma se sumó a la sensación de no estar solo, en ese auto, que se desplazaba casi lentamente por el circuito. Y vi las figuras de los planilleros dobladas sobre improvisadas tarimas, controlando, contando, avisando. Y las de los mecánicos en las largas guardias, y las de los periodistas en la sala de telex y en las cabinas de transmisión, y las de los compatriotas que llegaban de aquí y de allá, de toda Europa, para sumar su presencia a la nuestra, para integrarse a la modestia de un intento y al orgullo de ser símbolo.
Era la última curva, a la derecha, la que da a la recta principal.
Y entonces fue como si todos, todos los integrantes de la Misión Argentina me hablaran, allí, en ese momento. Y escuché a mi propia voz...
—¿Porqué...? ¿No tengo yo el derecho a llorar...?
Y entonces lloré y reí. Me tragó un embudo de gente y vi cintas argentinas caer sobre el auto y a Adolfo Donati repartir escarapelas, y brazos en alto y saltos de júbilo. Y me pareció imposible que ese banderazo me hubiera caído a mí... ¡Nunca lo hubiera podido imaginar...! Y ví a Fango ser llevado en andas, y luego a Berta, y debí proseguir la marcha. No pude ver más. El parque cerrado era inflexible y allí, en el recinto donde el idioma me incomunicaba, tuve que soportar toda esa alegría solo.
El vencedor me estrechó la mano y el dolor pareció correr su propia carrera. Las quemaduras que me produjera el escape me hicieron volver a pensar.
¡Si no hubiera sido por ...! Di toda la vuelta alrededor del auto. Es curioso. No he corrido una infinidad de carreras, pero sí algunas, y nunca me sucedió algo igual. El auto. Era como un amigo. Un compañero más. Alguien con quien compartí muchas horas, que hacía su trabajo y lo hacía bien, con ganas, como si él también estuviera orgulloso de ser embajada. Y entonces me dí cuenta que no era la primera vez que le hablaba. Sí, le había hablado al Torino Nº 3 como si fuera una persona y me entendiera. No una, sino muchas veces. Le había pedido, conversado, rogado y exigido. Fue así que lo palmoteé en un guardabarro, como para llamarle la atención, mientras le dije, a media voz...
—¿Viste...? ¿Viste lo que hicimos? Y esto no es nada. Más vale que te vayas preparando... Creémelo... ¡Vas a ver el año que viene...!
Después recibí el abrazo grande de Juan Manuel Fangio. Y cuando volví a quedar solo, busqué en mí la forma de llenar la necesidad de dar las gracias. No sé. Quizá sea ésta la forma. Decir públicamente, a todos, que no siento vergüenza de haber lagrimeado como un chico.


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CAPÍTULO XXV


En Alemania, el Sábado 23 de Agosto en horas de la tarde.


Y HABÍAN DICHO... “CON ESOS MONSTRUOS... ¡QUÉ PRETENDEN HACER AQUÍ?”
por TIBOR TELEKI




Se había decidido que Larry y Cacho Franco llevaran el auto hasta Lieja. No quise separarme de ellos hasta el mismo momento en que partieron y, en verdad, hubiera querido seguirlos, tal como lo hicieron 2 autos más. Uno de ellos llevaban a Pepe Diez y Giacone, por cualquier eventualidad que se pudiera presentar, y el otro... bueno... ¡el otro se perdió, al equivocarse de camino, y apareció en Aachen!
No niego que haya sido agradable el demorarme un poco, ya que tuve oportunidad de presentar a la gente que concurrió al asado que preparó, como buen experto que es, el gordo Casarín. Además, en un aparte, pude comenzar a palpar qué significaba lo realizado por la Misión Argentina y por el Torino. Dos periodistas, uno inglés y otro español, virtualmente me secuestraron y, antes que pudiera darme cuenta, estaba respondiendo a un hábil cuestionario en el interior de un Volswagen. Fue un buen interrogante el que me plantearon... “¿Por qué, después de 11 años de ausencia, la Argentina se ha decidido a volver al plano internacional...?” El nudo de la inquietud periodística se había prolongado más allá de las características de los autos y de la clasificación lograda. Recuerdo que les respondí con una gran sinceridad, con la misma que ahora inspira estas líneas... “Creo —les dije— que ha sido, primero, una cuestión de oportunidad. Luego, que Fangio se decidió a hacerlo, siendo esto más importante que lo que muchos cree, y además —aquí salió a la luz un legítimo orgullo familiar—, porque hasta el nacimiento de este automóvil, no había auto argentino que pudiera participar”.
Con el B.M.W. que gentilmente no cediera la fábrica, y disfrutando de una alegría interior que no podía ocultar, finalizadas estas entrevistas, me dirigí a Lieja. Di alcance a los muchachos en Eupen. De allí seguimos juntos, en una pequeña y jubilosa caravana.
Luego llegó la recepción formal, en el Chaud-fontaine. Los aplausos, los vítores, las flores y unos besitos que dos chicas belgas, muy monas, obsequiaron a Larry y a Cacho. La caravana se integró con aquellos participantes que habían finalizado la prueba y proseguimos viajando a Lieja, donde estacionamos los autos frente al Royal Motor Union. Apenas había tenido tiempo de impactarme la diferencia entre los 19 autos presentes y los 79 que inscribieron su nombre en la Marathon de la Route, cuando una voz, desde la escalinata de acceso al Club, preguntó...
—¿Usted es el señor Teleki...? ¿Quién es el señor Teleki?
—Yo soy... —respondí— dirigiéndome a quien me llamaba.
—Señor Teleki, urgente, lo buscan por telex... Creo que me largué a reír... Resulta que, desde el comienzo de la carrera y también desde mucho antes, pero en menor escala, yo me pasaba gran parte del día en la sala de telex del Sport Hotel Tribune...
Fue en la sede del Club donde, realmente, percibí que nuestra clasificación tenía real dimensión de éxito. No sólo por los periodistas, sino directivos de esa institución, y de otras, inquirían, felicitaban, mostraban su curiosidad por el auto, por sus índices de venta, por la calidad de nuestros pilotos, por la sensación que fuera el arreglo de “la Banana”, por los notables recursos de nuestros mecánicos y por lo que ellos denominaban “el regreso”. Sí, el regreso de Juan Manuel Fangio.
Me vi, entonces, al comienzo de una tarea que ahora finalizaba, dialogando con Fangio sobre la necesidad de que una persona que tomara a su cargo las relaciones públicas de la misión...
—“Mirá, hermano, cada uno de nosotros tiene que dedicarse a lo suyo. Los mecánicos, los pilotos, yo, Lobbosco, Berta, todos tenemos cosas que hacer y hay otras cosas, muy importantes, que también deben ser atendidas”.
Y de aquella conversación nació un ritmo de trabajo de 16 o más horas diarias, que se desplegaba en una esfera increíblemente vasta. Desde establecer contactos con la Embajada Argentina y las autoridades de la prueba, hasta conseguir la tintorería que lavara las camisas de los muchachos...
Llamadas telefónicas en las que, la más de las veces, no se sabía en qué idioma responderían del otro lado de la línea, entrevistas den todo nivel, solución de problemas graves y nimios, contactos con Bosch, Griling, Dunlop. Los hoteles, los medios de información y, en otro nivel, los muchachos nuestros, que aunque algunos hablaran inglés o italiano y se hubieran podido entender, recurrían a mí. Como yo hablaba alemán... Lo curioso de esta experiencia fue que me preocupé por llegar a Alemania antes que Fangio, para tratar de solucionar todo aquello que estuviera a mi alcance. Y resultó que Fangio, aún estando ausente, me ayudó a mí. La sola mención de su nombre, el actuar en su representación, es una llave maestra que abre y abre puertas. No había sospechado, siquiera, este hecho, que trasciende a otros niveles. La conciencia del nombre de Fangio, en Europa, va de generación en generación. Es como una leyenda.
Recuerdo que una tarde debíamos encontrar un frigorífico, para almacenar los 1.500 kg. de carne que nos enviaría CAP. Fuimos, con Juan Manuel, a una carnicería, para tratar de averiguar los dónde y los cómo de la solución a nuestro problema. Entramos al local y... —¡Herr Fangio...! —exclamó, lleno de sorpresa, el dependiente que estaba detrás del mostrador.
¿Hace falta decirlo? La solución la encontró la magia de este nombre.
Esta vez. Y otra vez. Y muchas veces. Su ayuda fue valiosísima. Con su presencia, con su sonrisa, por haber estrechado una mano o firmado un autógrafo. Y con la magia de su nombre. Y con su fe. Su fe en la empresa que represento, en los Torino, y en la maravillosa idea que él mismo bautizó con el nombre de Misión Argentina.

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75 "84 Horas de Nürburgring: Misión Argentina" - Página 3 Empty Capítulo XXVI Jue Ene 11, 2024 11:11 pm

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CAPÍTULO XXVI


En Buenos Aires, Agosto 23 de 1969


“NO SÓLO HAY GAUCHOS Y PAMPAS”
por YVON LAVAUD


Fue en 1968 cuando, por primera vez, Juan Manuel Fangio me habló sobre este proyecto. Nosotros sabíamos de las bondades, de las virtudes del Torino, y conocíamos la opinión que este automóvil había merecido —de expertos— en Europa, donde lo enviamos para su evaluación. Allí se lo consideró un “fuera de serie”, no comparable con un auto de gran producción, sinó más bien un producto de categoría especial.
En una palabra: en Europa lo valoraron mucho. Por lo general más que en éste, su país de origen.
No por nada yo tuve, desde un principio, mucha fe en el Torino. Sucede que es un automóvil bien nacido. La idoneidad de los ingenieros capaces de haberlo hecho (y bien) estaba demostrada. Tuve, además, el respaldo de la gente de Ingeniería de Productos de Renault-Francia, que vino aquí, lo desarmó en su totalidad, lo estudió pieza por pieza, y quedó absolutamente conforme.
Pero... ¿qué podíamos hacer para demostrar que ese automóvil era, realmente, de nivel internacional? Pensamos en elegir una prueba que resultara en una comprobación fehaciente... Ir a correr a cualquier circuito... o en cualquier competencia no era, por cierto, el objetivo. En este sentido dimos comienzo a conversaciones con algunos amigos y, sobre todo, con Juan Manuel Fangio. Y fue precisamente Fangio quien, un día, nos expuso su idea de que la Marathon de la Route era la prueba que buscábamos.
A primera vista me pareció algo muy importante. Algo quizá un poquito atrevido por la duración de la competencia, por las enormes dificultades del circuito, y por lo sumamente difícil y estricto del reglamento de esa prueba, que lleva toda la exigencia tradicional de la muy famosa Lieja-Sofía-Lieja.
Pero la verdad es que no teníamos, salvo la apreciación de Fangio, datos que nos posibilitaran evaluar la posible performance del Torino. Nunca un Torino había rodado en Nürburgring, ni tampoco ningún piloto argentino lo había hecho en un auto similar. Teníamos, sí, la apreciación de Fangio sobre el Torino y sobre Nürburgring. Esa fue, entonces, nuestra base. Resultó de esta forma que la idea, desde un principio considerada aceptable, no fue puesta en práctica ese año, 1968, por la sencilla razón de que quisimos saber un poco más sobre todas las exigencias del proceso. Partieron —entonces— para Europa, Fangio, Berta y Lobbosco, para interiorizarse de lo que significaban, en la práctica, los detalles del reglamento.
Así fue que examinaron con ojo crítico el circuito y lo recorrieron con un auto de serie. De ese viaje, surgió la conclusión, reiterada por Fangio, de que los Torino podrían comportarse muy bien en ese escenario y en esa carrera. Seguimos adelante, conversando sobre la idea, analizándola, y finalmente Fangio presentó su proyecto, al que denominó Misión Argentina.
Gustó a todos. La fábrica, entonces, se hizo cargo de la preparación de los tres autos, con sus repuestos, y los entregó a la Misión Argentina con el fin específico de competir en las 84 horas de Nürburgring.
Pero la verdad es que, en un principio, estábamos muy lejos de tener como objetivo r a ganar la carrera. Puede ser, pienso ahora, que íntimamente Juan Manuel lo haya supuesto. Pero en lo que hace a nosotros, no conocíamos el circuito, no disponíamos de datos seguros acerca de a competencia que deberíamos enfrentar...
Nuestro enfoque fue, entonces, el de una prudente modestia: ira a hacer la prueba, comparar nuestros autos con los demás, con aquellos producidos por países de una gran tradición como fabricantes de automóviles, con margas de bien ganada fama, y ver el nivel en que nuestros pilotos podían medirse con volantes europeos, especialistas en este circuito y también en este tipo de competencias.
Pensamos en la Misión Argentina como si fuera una especie de embajada. Por primera vez los argentinos salían de su país, integrando un equipo totalmente argentino, y eso —a nuestro juicio— era uno de los hechos más significativos de la Misión.
La consigna era ésa. Demostrar cómo somos y qué fabricamos. Y andar. Andar lo mejor posible... ¡Y cómo anduvimos! Tanto que, en un momento dado, todas las probabilidades para pronosticar los ganadores de la carrera apuntaban a los Torino.
Algunas pequeñas dificultades, alguno que otro problema de escasa importancia (adquirida sólo en función del severísimo reglamento de la prueba) nos quitaron un triunfo muy posible. Pero no es menos cierto que logramos demostrar, mediante esta embajada de directivos, técnicos, pilotos, mecánicos y automóviles, que en la Argentina, como bien se ha dicho, “no sólo hay gauchos y pampas”.
Logramos, también, demostrar seriedad, orden y organización. Es decir: lo que se llama un equipo. Y éste —considero yo— además de uno de los factores preponderantes del éxito, fue un éxito en sí mismo, ya que quedó palpablemente demostrado que los argentinos son hombres bien organizados como los que más. Quizá —no quiero pecar de exagerado, pero lo pienso así— quizá, también, los que demostraron la mejor capacidad para trabajar ordenada y serenamente. Esto fue para nosotros de una enorme satisfacción, por cierto muy comprensible, ya que vino a corroborar la fe y la confianza que habíamos depositado en ese grupo.
Y ahora quiero hacer justicia. Cuando gente de Renault llegó a la Argentina procedente de Francia, de Italia, de Bélgica, de España, y de otros países del mundo, y se afincaron aquí, estaban acostumbrados a los autos de la marca francesa. Pero fue notable ver cómo, a los muy pocos días, se tomaban a pecho el Torino. Lo han querido, lo han transformado en “cosa propia”, simplemente porque lo han manejado. Porque lo han disfrutado y también porque han colaborado en su fabricación.
Recordemos que el Torino fue para nosotros, cuando llegamos a la Argentina, una herencia. Pero una herencia de gran significado, de gran trascendencia. Por eso quiero rendir, en estas líneas, homenaje a los hombres que lo han creado, a quien fuera el impulsor y el ejecutor de la idea de su fabricación en el país, el señor James F. McCloud, al tiempo que no podría separar de “la aventura” del Torino a otro gran hombre argentino, que es el de Fangio. El también tuvo que ver, con su experiencia y su consejo, en el nacimiento de este gran auto argentino.
Este automóvil que hoy nos enorgullece. A todos.

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